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Facebook Twitter jueves 27 de abril del 2017 27-04-2017

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Biografía

foto del                         autor

HUMBERTO COSTANTINI

Nombre completo

HUMBERTO COSTANTINI

Edad

93 años



Humberto Cacho Costantini (Buenos Aires, 8 de abril de 1924 – Buenos Aires, 7 de junio de 1987) fue un escritor porteño. Hijo único de inmigrantes judíos italianos, residió en el barrio de Villa Pueyrredón.

De su primer matrimonio con Nela Nur Fernández nacieron tres hijos: Violeta, Ana y Daniel. Completó sus estudios universitarios y se recibió de médico veterinario. Ejerció su profesión en los campos cercanos a la ciudad de Lobería (provincia de Buenos Aires), donde se trasladó con su esposa. En estos años nacieron sus dos hijas.

En 1955 regresó a Buenos Aires, donde ejercio diversos oficios, veterinario, vendedor, ceramista, investigador, etc. Al poco tiempo de volver a Buenos Aires, nació su hijo Daniel. A la par de ejercer estos oficios escribía, corregía, volvía a escribir diariamente, con una disciplina férrea, «atornillado a la silla», como solía decir. Su primer libro de cuentos, De por aquí nomás se publicó en 1958 y a partir de allí una larga bibliografía que abarca todos los géneros literarios, cuento, poesía, teatro, novela hasta su obra inconclusa: Rapsodia de Raquel Liberman en la cual, en tono bíblico, relata la gesta de una prostituta judía, esclavizada por la siniestra Zwi Migdal, quien se rebela contra este destino y deja su vida en ello.

Y aquí aparece una vez más el tema fundamental, el eje conductor de la obra y de la vida de Costantini: «Hacer lo recto a los ojos de Jehová, es decir acatar su destino...», como él solía decir. Esta actitud, este hacer lo recto, lo lleva en muchos momentos de su vida a, como Raquel, enfrentarse con los poderosos. Costantini es víctima de persecuciones políticas y de listas negras, de alcahuetes y chupamedias. Esta postura que Cacho, como lo llamaban sus amigos, ejercía sin aspavientos, naturalmente, como único camino posible para transitar por la vida, le generaba odios y lealtades profundas. Con Costantini no había medias tintas, o se era honesto o se era chanta. Costantini no perdonaba las agachadas de ninguna índole y esto lo hacía público.

Desde joven se involucra en la militancia política, desde su época de estudiante se enfrenta con los fascistas de la Alianza Libertadora Nacionalista, militó en el Partido Comunista y posteriormente se alejó por tener serias divergencias con la conducción burocrática y prosoviética. Consecuente con su «hacer lo recto...» es su emotiva y profunda admiración hacia Ernesto Che Guevara. En los años setenta milita en la izquierda revolucionaria (Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del Pueblo) junto a otros escritores como Haroldo Conti, Roberto Santoro quienes, secuestrados por la criminal dictadura cívico-militar, aún permanecen desaparecidos. Escribe, entre sobresaltos y escapadas, en casas clandestinas, a horas impensadas, la novela De dioses, hombrecitos y policías que publica en México y con la que obtiene el Premio Casa de las Américas. De esta novela dijo Julio Cortázar, «me encanta lo que Humberto Costantini hace y tengo mucha confianza en su trabajo. Para mi él es un escritor muy importante».

En la novela, reeditada en 2009 por ediciones Lea, presenta los años de la dictadura en Argentina desde una perspectiva paródica. Narra la intervención de dioses que manejan a su antojo tanto a hombrecitos como a los policías, mientras unos y otros ignoran la presencia de los olímpicos y su protección o condena. Estos dioses griegos son especiales, no protegen a héroes sino a antihéroes. Y su conducta ?para nada ejemplar? desacredita su autoridad. De dioses, hombrecitos y policías pone en primer plano la circunstancia de un intelectual de la época, al haber sido escrita entre el campo minado de la persecución y el tembladeral del exilio.

En 1976 Humberto Costantini es obligado exiliarse en México. Allí continúa su obra y obtiene premios importantes. Padece el exilio «que lo obliga a pasar lista diariamente a sus seres queridos como si a la ciudad la asolara un tifón...». Conduce talleres literarios y publica, hace programas de radio y se enamora. Como dijo a su regreso: «En fin, viví». Otra de sus pasiones fue el tango.

Admirador de Osvaldo Pugliese, de Aníbal Pichuco Troilo y de Eduardo Arolas, fue cantor y bailarín, conocedor de letras y de historias de tango. En las reuniones de amigos no faltaba una guitarra que acompañara su voz llena de pasión en la milonga Marieta o en El adiós de Gabino Ezeiza. Compuso milongas y letras de tangos, algunos de ellos fueron grabados.

En 1983 regresa a Buenos Aires después de 7 años, 7 meses y 7 días de exilio. Allí vive la primavera democrática. Camina por su ciudad, conversa con las paredes de su barrio y con viejos amigos de la infancia, atorrantea boquiabierto por su Buenos Aires.

Su obra ha sido publicada en varios países e idiomas, entre otros en alemán, checo, inglés, finlandés, hebreo, polaco, sueco y ruso.

Contrae cáncer, enfermedad que lo lleva a la muerte ?a los 63 años? la madrugada del 7 de junio de 1987. La noche anterior había trabajado como cada día, aprovechando el leve bienestar entre quimioterapias, en su novela La rapsodia de Raquel Liberman, de la cual alcanzó a completar dos tomos. Esta obra permanece inédita.

Gardel Para mí lo inventamos. Seguramente fue una tarde de domingo, con mate, con recuerdos, con tristeza, con bailables bajitos, en la radio, después de los partidos. Entonces, qué se yo, nos pasó algo rarísimo. Nos vino como un ángel desde adentro, nos pusimos proféticos. Nos despertamos bíblicos. Miramos hacia las telarañas del techo, nos dijimos: "Hagamos, pues, un Dios a semejanza de lo que quisimos ser y no pudimos. Démosle lo mejor, lo más sueño y más pájaro de nosotros mismos. Inventémosle un nombre, una sonrisa una voz que perdure por siglos, un plantarse en el mundo, lindo, fácil como pasándole ases al destino." Y claro, lo deseamos y vino. Y nos salió glorioso, engominado, eterno como un Dios o como un disco. Se entreabrieron los cielos de costado y su voz nos cantaba: "Mi Buenos Aires querido..." Eran como las seis, esa hora en que empiezan los bailables y ya acabaron los partidos.