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Los días de
la sombra de Liliana Bodoc 
En
la plataforma marítima de la literatura argentina pocos se han aventurado a
escribir sobre la mujer-pez. La palabra sirena, de raíz semítica, significa
cantora fascinante o para ser más exactos mujer
que lía a los hombres con mágicas melopeas. Miguel Cané descubre el
enigma de la melodía marina en “El
canto de las sirenas” a través de la demencia senil de Broth, uno de los
personajes, a las orillas del Rhin, Borges con su escribiente de turno las
rastrea en la literatura clásica. Wilcock en “El
estereoscopio de los solitarios” encuentra en un río fangoso, lento,
mugriento y lleno de desechos tóxicos a una sirena deprimida que debe soportar
que los chicos le tiren basura y que los hombres le propongan porquerías.
Pero es Liliana Bodoc, autora de “Los días
del Venado” y ahora de su continuación “Los días de la Sombra” que llega aún mas lejos que sus
antecesores. En el territorio de lo fantástico la muerte les acaece a los
marineros que se dejan seducir por el canto de las sirenas. Pero cuando no es un
hombre quién la escucha su destino esta sellado. En “Los días de la
Sombra” la oscuridad se empecina en subvertir la imagen romántica de la una
sirena que termina atrapada en una red mientras deja escapar el mar por sus ojos
Bodoc
narra con soltura poética un viejo enfrentamiento entre el bien y el mal pero
se atreve en la trama a presentar personajes como Drimus, el enviado de la
sombra, que haría empalidecer al mismísimo Gilles de Rais y que prestigia a un
público bastardeado por la literatura juvenil actual. La escritura atrapa en la
justa medida de encontrarse en el punto medio de las tediosas descripciones de
Tolkien y la acción constante de Rowling. Bodoc seduce con su escritura
diminuta lo que me hace dudar que escriba desde Mendoza, tal vez lo haga desde
algun lugar cerca del Mar.
Reproducimos
a continuacion el capítulo “Caldo de pescado”.
CALDO
DE PESCADO
Dos
mujeres del pueblo de los pastores aventaban el fuego en el que iban a cocinar
para Drimus. Un soldado sideresio les había ordenado preparar caldo de pescado
para el Doctrinador. Se los dijo al mismo tiempo que tiraba, sobre una de ellas,
un manojo de pescados. Drimus quería beber caldo; por eso dos mujeres
preparaban el fuego mientras una tercera traía agua en un caldero de hierro.
Después
de poner el caldero sobre las llamas las tres permanecieron alrededor de la
cocción, viendo cómo las lonjas de pescado iban dándole color al agua.
Las
cocineras del jorobado permanecían en silencio y no apartaban los ojos del
caldero, como fascinadas por los movimientos lentos de los trozos de carne que
se movían en el agua tal como si nadasen, tal como si aún fuesen peces de un río
claro del oasis donde habitaba un pueblo que tenía vecinos para comerciar, tal
como si jamás hubiesen traicionado. Pero nada de eso era cierto... Los Pastores
pagaban la peor traición. Y lo que aquellas mujeres tenían enfrente era carne,
vísceras y escamas flotando en un caldero; y no peces nadando en un río.
Las
tres eran muy jóvenes. Y aunque pertenecían a rangos diferentes, eso ya casi
no se notaba. Apenas la vestimenta de una de ellas se distinguía por algunas señales
de lujo opacadas por la suciedad.
·
Hoy lo haremos –pensó una de las mujeres.
·
Este caldo con vísceras nos servirá –pensó
otra.
La
mujer que vestía las mejores ropas no se animó a pensar; temía que el
pensamiento pudiera delatar sus intenciones. Por suerte el jorobado no andaba
cerca. Él era el único capaz de adivinar lo que no se veía ni se escuchaba.
Aquellas
tres mujeres contaban con la aprobación de muchas otras para hacer lo que se
proponían. Las mujeres del desierto fueron capaces de llevar a cabo lo que
ninguno de sus hombres se atrevió a imaginar.
Cada
día veían morir a su pueblo. Y tuvieron la virtud de saber perder a tiempo la
esperanza.
Eran
mujeres... A lo mejor por eso, pudieron recordar ciertas cosas.
Recordaron,
por ejemplo, cómo olían las noches antes de la matanza de los lulus.
Recordaron el tiempo en que eran buenos vecinos de los husihuilkes. Entonces solían
cruzar el Pantanoso con algunos llamellos para comerciar. Del otro lado del río
esperaba la gente de las aldeas limítrofes con harina, hierbas medicinales y
frutas secas. Ya de regreso a sus campamentos celebraban el buen trato
realizado. Esas noches comían frutas y tortas de semillas. Y también bailaban.
Pero
un día los hombres comenzaron a comportarse de manera extraña. Se reunían más
a menudo con los jefes de tribu y con el mayoral de todos los Pastores. Hablaban
de un poder que venía desde lejos, y que los llenaría de abundancia.
Las
mujeres también recordaban que nadie les había preguntado. Jamás sus hombres
les habían dicho que se estaba tramando una nueva alianza, y una traición.
Después llegaron los sideresios, y el primer traidor fue el primer asesinado.
Muy pronto quedó ante los ojos que las promesas de abundancia eran una burla
despiadada.
Por
eso, esta vez, ellas tampoco preguntaron. Ante cada muerte, se miraron una a
otra. Y cuando el dolor se hizo insoportable, tomaron una decisión.
Los
Pastores del Desierto eran conocedores de una antigua práctica para la
preparación de un veneno sin regreso. La preparación requería años de
paciencia, esperando que los componentes fermentaran y se unieran bajo la arena.
Desparramados y ocultos en distintos lugares del desierto había nichos donde se
maceraban las sustancias mortales: vainas estriadas, fruto ácido del río y
hojas que llamaban “oreja retorcida”. Los sitios en los que fermentaba la
poción se señalaban con una piedra donde se tallaban las pinzas de un escorpión.
A medida que transcurrían los años se añadía una nueva piedra. De ese modo
los pastores podían saber el momento en que el veneno estaba maduro. Al abrir
los nichos, apenas quedaba un pequeño montículo de todo lo que allí había
sido puesto; pero para matar a un hombre fuerte bastaba con una pizca.
Una
de las mujeres que cuidaba el caldero buscó bajo la tira de su sandalia y sacó
una hoja donde envolvía un granito de polvo grisáceo que dejó caer en el
caldo.
El
veneno del desierto no tenía sabor. De modo que, tal como los lulus, el
jorobado lo bebería sin sospechas.
Los
sideresios eran hombres que tenían aletargados los sentidos. Ensimismados, la
mayor parte del tiempo, en sus propias miserias. De lo contrario habrían notado
que algo sucedía entre las mujeres. Para ninguna criatura de las Tierras Fértiles,
acostumbradas a reconocer indicios, podía pasar desapercibido un encadenamiento
de miradas, el leve fruncimiento de la nariz disimulado bajo el brazo que secaba
la frente, el crispamiento de una mano que decía algo. Mano que decía: Ahora.
Sin
embargo, aquel día los sideresios no percibieron nada inusual.
Una
mujer se acercó diciendo que el caldo que le habían ordenado estaba listo.
Ella traía una vasija envuelta en un lienzo. El sideresio le hizo una señal
para que lo siguiera hasta la tienda donde Drimus esperaba. Ya junto a la
entrada, el hombre tomó la vasija y le indicó que se marchara.
La
mujer regresó con las demás. Las otras ya habían derramado el líquido
sobrante y limpiado cuidadosamente el caldero. Cualquiera, hasta una mosca azul,
les hubiese notado el temblor. A los sideresios no les alcanzaba el alma.
Había
pasado un rato desde que el sideresio abandonara la tienda de Drimus, después
de dejarle la vasija humeante. Las miradas de las mujeres se buscaban preguntándose
qué estaría ocurriendo. Era posible que el jorobado todavía no lo hubiese
bebido.
Las
mujeres del desierto conocían con detalles los síntomas que precedían a la
muerte. Primero, el envenenado sentía adormecerse sus pies. Casi enseguida
llegaba un dolor que comenzaba en el estómago y bajaba hasta las ingles. Por
entonces todavía el envenenado podía moverse; fue cuando los lulus intentaron
escalar las paredes de la hondonada. Pero eso duraba muy poco porque enseguida
los músculos de todo el cuerpo empezaban a ponerse rígidos, y el envenenado caía
chorreado de heces blancas.
El
jorobado apareció en la puerta de su tienda; se lo veía indeciso y tembloroso.
Las mujeres bajaron la vista y simularon realizar sus faenas. Drimus comenzó a
caminar tambaleándose. Todos en el campamento se detuvieron a mirarlo. El
jorobado caminaba tanteando el aire, y las mujeres recordaron que a veces el
veneno traía ceguera unos minutos antes de la muerte. Así anduvo Drimus, sin
saber hacia dónde. Sus hombres empezaban a agolparse tras él, cuando el
Doctrinador se detuvo frente a un grupo de mujeres. Allí estuvo inmóvil,
empalidecido. También las mujeres se inmovilizaron esperando que el fin llegara
rápido. El Doctrinador tenía los ojos desmesuradamente abiertos y secos.
Entonces comenzó a torcer la boca en un gesto que se parecía a una sonrisa. Y
muy despacio dejó que cayera por las comisuras, en dos hilos delgados, el caldo
que jamás había tragado.
Después
giró con el brazo extendido, profiriendo un grito de maldición para todo el
desierto. Se detuvo con una mirada que helaba la sangre. Todo lo que dijo a
partir de ese momento fue con voz suave, casi femenina.
·
Alguien pensó que podía envenenar al mago
–fueron sus primeras palabras–. Ahora el mago tiene que enojarse.
Drimus
ordenó que las mujeres volvieran a preparar caldo de pescado.
·
Pero esta vez tendrán que hacerlo en uno de
los grandes calderos donde cocinan para el ejército. Y yo pido que sea sabroso.
Los
sideresios arrastraron a las mujeres hasta la hoguera, y las mantuvieron
vigiladas mientras cocinaban por orden de Drimus. Cuando el caldo estaba
hirviendo, el Doctrinador se acercó a una de ellas:
·
Parece en tus ropas que alguna vez tuviste un
rango –el jorobado le miraba las sandalias, y sonreía–. Entonces voy a
llamarte princesa, ¿es apropiado?
El
olor del miedo era fuerte en el campamento; ni la luz de la luna, que ya estaba
en el cielo, lograba suavizarlo. A lo lejos, se escuchaban los graznidos de los
carroñeros acercándose.
·
Y la princesa del desierto podrá decirme quién
tiene algo de ese veneno de ustedes que nunca podría haberme engañado.
La
mujer pensó que sería bueno que la muerte viniese pronto; porque la mujer creyó
que aquel caldo que hacían era para ellas. Por eso sacó el último veneno que
escondía y extendió la mano hacia el jorobado.
·
No a mí –dijo Drimus–. No a mí... Échalo
tú misma en el caldero.
Pero
lo sideresios sabían que Drimus no se contentaría con la muerte de aquellas
mujeres. Antes de que el Doctrinador diese alguna otra orden, los jefes
militares se acercaron a hablarle. Eran hombres bestiales, sin siquiera el
orgullo de aquel Leogrós que un día había comandado el ejército de Misáianes.
No obstante eso balbucearon frente al jorobado y tomaron innumerables
prevenciones de comedimiento para decirle que tuviese en cuenta las necesidades
militares; que el altísimo mago de la más altísima Cofradía del Recinto
recordase que los hombres del desierto eran indispensables en sus planes de
batalla.
·
Lo sé –dijo Drimus–. Claro que lo sé.
Y
agregó:
·
¿Acaso he hablado yo de hombres...?
El
Doctrinador pidió que le acercaran una caña. La examinó con detenimiento, la
apoyó sobre el suelo arenoso y luego la quebró un poco más abajo de su
cintura.
·
Ésta es la medida –dijo.
Los
sideresios comprendieron.
·
¿Cuántos? –le preguntaron.
Otra
vez, el jorobado era dueño de la vida y la muerte. Era su voluntad elegir un número
cualquiera, y eso lo disponía para el placer: podía decir dos o veinte. Podía,
si así lo deseaba, hacer que los contaran y luego elegir el número exacto. Podía
ni siquiera detenerse a pensarlo, y eso fue lo que hizo.
·
Diez niños por cada cocinera –ordenó.
Gritaron
las madres, y corrieron a proteger a sus hijos. Pero treinta veces los
sideresios las cruzaron con sus látigos y se los arrebataron de los brazos.
Todavía intentaron las mujeres arrojarse a los pies de aquellos hombres
suplicando que tomaran sus vidas a cambio de la de sus hijos, y treinta rostros
fueron pateados con furia.
Los
niños pastores estaban hambrientos; así que recibieron con alegría el caldo
que el propio Drimus les dio a beber de un cucharón.
·
Con cuidado, pequeños –decía Drimus–.
Con mucho cuidado...
A
los que aún se amamantaban, el Doctrinador les puso en la boca sus dedos
mojados en caldo.
·
Toma –decía mientras el niño sorbía su
dedo–. Verás que es tan sabroso como la leche de tu madre.
Lo
último que vio la luna de esa noche fue mujeres de rodillas, pastores con los
ojos cerrados. Y una caravana de llamellos que se alejaba cargada de niños
dormidos, seguida de cerca por una bandada de pájaros hambrientos. Tan
hambrientos como estaban los niños antes de dormirse.
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