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Liliana Bodoc
Publicado el 6 de Febrero de 2006
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Los días de la sombra de Liliana Bodoc

En la plataforma marítima de la literatura argentina pocos se han aventurado a escribir sobre la mujer-pez. La palabra sirena, de raíz semítica, significa cantora fascinante o para ser más exactos mujer que lía a los hombres con mágicas melopeas. Miguel Cané descubre el enigma de la melodía marina en “El canto de las sirenas” a través de la demencia senil de Broth, uno de los personajes, a las orillas del Rhin, Borges con su escribiente de turno las rastrea en la literatura clásica. Wilcock en “El estereoscopio de los solitarios” encuentra en un río fangoso, lento, mugriento y lleno de desechos tóxicos a una sirena deprimida que debe soportar que los chicos le tiren basura y que los hombres le propongan porquerías. Pero es Liliana Bodoc, autora de “Los días del Venado” y ahora de su continuación “Los días de la Sombra” que llega aún mas lejos que sus antecesores. En el territorio de lo fantástico la muerte les acaece a los marineros que se dejan seducir por el canto de las sirenas. Pero cuando no es un hombre quién la escucha su destino esta sellado. En “Los días de la Sombra” la oscuridad se empecina en subvertir la imagen romántica de la una sirena que termina atrapada en una red mientras deja escapar el mar por sus ojos

Bodoc narra con soltura poética un viejo enfrentamiento entre el bien y el mal pero se atreve en la trama a presentar personajes como Drimus, el enviado de la sombra, que haría empalidecer al mismísimo Gilles de Rais y que prestigia a un público bastardeado por la literatura juvenil actual. La escritura atrapa en la justa medida de encontrarse en el punto medio de las tediosas descripciones de Tolkien y la acción constante de Rowling. Bodoc seduce con su escritura diminuta lo que me hace dudar que escriba desde Mendoza, tal vez lo haga desde algun lugar cerca del Mar.

 

Reproducimos a continuacion el capítulo “Caldo de pescado”.

 

CALDO DE PESCADO

Dos mujeres del pueblo de los pastores aventaban el fuego en el que iban a cocinar para Drimus. Un soldado sideresio les había ordenado preparar caldo de pescado para el Doctrinador. Se los dijo al mismo tiempo que tiraba, sobre una de ellas, un manojo de pescados. Drimus quería beber caldo; por eso dos mujeres preparaban el fuego mientras una tercera traía agua en un caldero de hierro.

Después de poner el caldero sobre las llamas las tres permanecieron alrededor de la cocción, viendo cómo las lonjas de pescado iban dándole color al agua.

Las cocineras del jorobado permanecían en silencio y no apartaban los ojos del caldero, como fascinadas por los movimientos lentos de los trozos de carne que se movían en el agua tal como si nadasen, tal como si aún fuesen peces de un río claro del oasis donde habitaba un pueblo que tenía vecinos para comerciar, tal como si jamás hubiesen traicionado. Pero nada de eso era cierto... Los Pastores pagaban la peor traición. Y lo que aquellas mujeres tenían enfrente era carne, vísceras y escamas flotando en un caldero; y no peces nadando en un río.

Las tres eran muy jóvenes. Y aunque pertenecían a rangos diferentes, eso ya casi no se notaba. Apenas la vestimenta de una de ellas se distinguía por algunas señales de lujo opacadas por la suciedad.

·        Hoy lo haremos –pensó una de las mujeres.

·        Este caldo con vísceras nos servirá –pensó otra.

La mujer que vestía las mejores ropas no se animó a pensar; temía que el pensamiento pudiera delatar sus intenciones. Por suerte el jorobado no andaba cerca. Él era el único capaz de adivinar lo que no se veía ni se escuchaba.

Aquellas tres mujeres contaban con la aprobación de muchas otras para hacer lo que se proponían. Las mujeres del desierto fueron capaces de llevar a cabo lo que ninguno de sus hombres se atrevió a imaginar.

Cada día veían morir a su pueblo. Y tuvieron la virtud de saber perder a tiempo la esperanza.

Eran mujeres... A lo mejor por eso, pudieron recordar ciertas cosas.

Recordaron, por ejemplo, cómo olían las noches antes de la matanza de los lulus. Recordaron el tiempo en que eran buenos vecinos de los husihuilkes. Entonces solían cruzar el Pantanoso con algunos llamellos para comerciar. Del otro lado del río esperaba la gente de las aldeas limítrofes con harina, hierbas medicinales y frutas secas. Ya de regreso a sus campamentos celebraban el buen trato realizado. Esas noches comían frutas y tortas de semillas. Y también bailaban.

Pero un día los hombres comenzaron a comportarse de manera extraña. Se reunían más a menudo con los jefes de tribu y con el mayoral de todos los Pastores. Hablaban de un poder que venía desde lejos, y que los llenaría de abundancia.

Las mujeres también recordaban que nadie les había preguntado. Jamás sus hombres les habían dicho que se estaba tramando una nueva alianza, y una traición. Después llegaron los sideresios, y el primer traidor fue el primer asesinado. Muy pronto quedó ante los ojos que las promesas de abundancia eran una burla despiadada.

Por eso, esta vez, ellas tampoco preguntaron. Ante cada muerte, se miraron una a otra. Y cuando el dolor se hizo insoportable, tomaron una decisión.

Los Pastores del Desierto eran conocedores de una antigua práctica para la preparación de un veneno sin regreso. La preparación requería años de paciencia, esperando que los componentes fermentaran y se unieran bajo la arena. Desparramados y ocultos en distintos lugares del desierto había nichos donde se maceraban las sustancias mortales: vainas estriadas, fruto ácido del río y hojas que llamaban “oreja retorcida”. Los sitios en los que fermentaba la poción se señalaban con una piedra donde se tallaban las pinzas de un escorpión. A medida que transcurrían los años se añadía una nueva piedra. De ese modo los pastores podían saber el momento en que el veneno estaba maduro. Al abrir los nichos, apenas quedaba un pequeño montículo de todo lo que allí había sido puesto; pero para matar a un hombre fuerte bastaba con una pizca.

Una de las mujeres que cuidaba el caldero buscó bajo la tira de su sandalia y sacó una hoja donde envolvía un granito de polvo grisáceo que dejó caer en el caldo.

El veneno del desierto no tenía sabor. De modo que, tal como los lulus, el jorobado lo bebería sin sospechas.

Los sideresios eran hombres que tenían aletargados los sentidos. Ensimismados, la mayor parte del tiempo, en sus propias miserias. De lo contrario habrían notado que algo sucedía entre las mujeres. Para ninguna criatura de las Tierras Fértiles, acostumbradas a reconocer indicios, podía pasar desapercibido un encadenamiento de miradas, el leve fruncimiento de la nariz disimulado bajo el brazo que secaba la frente, el crispamiento de una mano que decía algo. Mano que decía: Ahora.

Sin embargo, aquel día los sideresios no percibieron nada inusual.

Una mujer se acercó diciendo que el caldo que le habían ordenado estaba listo. Ella traía una vasija envuelta en un lienzo. El sideresio le hizo una señal para que lo siguiera hasta la tienda donde Drimus esperaba. Ya junto a la entrada, el hombre tomó la vasija y le indicó que se marchara. 

La mujer regresó con las demás. Las otras ya habían derramado el líquido sobrante y limpiado cuidadosamente el caldero. Cualquiera, hasta una mosca azul, les hubiese notado el temblor. A los sideresios no les alcanzaba el alma.

Había pasado un rato desde que el sideresio abandonara la tienda de Drimus, después de dejarle la vasija humeante. Las miradas de las mujeres se buscaban preguntándose qué estaría ocurriendo. Era posible que el jorobado todavía no lo hubiese bebido.

Las mujeres del desierto conocían con detalles los síntomas que precedían a la muerte. Primero, el envenenado sentía adormecerse sus pies. Casi enseguida llegaba un dolor que comenzaba en el estómago y bajaba hasta las ingles. Por entonces todavía el envenenado podía moverse; fue cuando los lulus intentaron escalar las paredes de la hondonada. Pero eso duraba muy poco porque enseguida los músculos de todo el cuerpo empezaban a ponerse rígidos, y el envenenado caía chorreado de heces blancas.

El jorobado apareció en la puerta de su tienda; se lo veía indeciso y tembloroso. Las mujeres bajaron la vista y simularon realizar sus faenas. Drimus comenzó a caminar tambaleándose. Todos en el campamento se detuvieron a mirarlo. El jorobado caminaba tanteando el aire, y las mujeres recordaron que a veces el veneno traía ceguera unos minutos antes de la muerte. Así anduvo Drimus, sin saber hacia dónde. Sus hombres empezaban a agolparse tras él, cuando el Doctrinador se detuvo frente a un grupo de mujeres. Allí estuvo inmóvil, empalidecido. También las mujeres se inmovilizaron esperando que el fin llegara rápido. El Doctrinador tenía los ojos desmesuradamente abiertos y secos. Entonces comenzó a torcer la boca en un gesto que se parecía a una sonrisa. Y muy despacio dejó que cayera por las comisuras, en dos hilos delgados, el caldo que jamás había tragado.

Después giró con el brazo extendido, profiriendo un grito de maldición para todo el desierto. Se detuvo con una mirada que helaba la sangre. Todo lo que dijo a partir de ese momento fue con voz suave, casi femenina.

·        Alguien pensó que podía envenenar al mago –fueron sus primeras palabras–. Ahora el mago tiene que enojarse.

Drimus ordenó que las mujeres volvieran a preparar caldo de pescado.

·        Pero esta vez tendrán que hacerlo en uno de los grandes calderos donde cocinan para el ejército. Y yo pido que sea sabroso.

Los sideresios arrastraron a las mujeres hasta la hoguera, y las mantuvieron vigiladas mientras cocinaban por orden de Drimus. Cuando el caldo estaba hirviendo, el Doctrinador se acercó a una de ellas:

·        Parece en tus ropas que alguna vez tuviste un rango –el jorobado le miraba las sandalias, y sonreía–. Entonces voy a llamarte princesa, ¿es apropiado?

El olor del miedo era fuerte en el campamento; ni la luz de la luna, que ya estaba en el cielo, lograba suavizarlo. A lo lejos, se escuchaban los graznidos de los carroñeros acercándose.

·        Y la princesa del desierto podrá decirme quién tiene algo de ese veneno de ustedes que nunca podría haberme engañado.

La mujer pensó que sería bueno que la muerte viniese pronto; porque la mujer creyó que aquel caldo que hacían era para ellas. Por eso sacó el último veneno que escondía y extendió la mano hacia el jorobado.

·        No a mí –dijo Drimus–. No a mí... Échalo tú misma en el caldero.

Pero lo sideresios sabían que Drimus no se contentaría con la muerte de aquellas mujeres. Antes de que el Doctrinador diese alguna otra orden, los jefes militares se acercaron a hablarle. Eran hombres bestiales, sin siquiera el orgullo de aquel Leogrós que un día había comandado el ejército de Misáianes. No obstante eso balbucearon frente al jorobado y tomaron innumerables prevenciones de comedimiento para decirle que tuviese en cuenta las necesidades militares; que el altísimo mago de la más altísima Cofradía del Recinto recordase que los hombres del desierto eran indispensables en sus planes de batalla.

·        Lo sé –dijo Drimus–. Claro que lo sé.

Y agregó:

·        ¿Acaso he hablado yo de hombres...?

El Doctrinador pidió que le acercaran una caña. La examinó con detenimiento, la apoyó sobre el suelo arenoso y luego la quebró un poco más abajo de su cintura.

·        Ésta es la medida –dijo.

Los sideresios comprendieron.

·        ¿Cuántos? –le preguntaron.

Otra vez, el jorobado era dueño de la vida y la muerte. Era su voluntad elegir un número cualquiera, y eso lo disponía para el placer: podía decir dos o veinte. Podía, si así lo deseaba, hacer que los contaran y luego elegir el número exacto. Podía ni siquiera detenerse a pensarlo, y eso fue lo que hizo.

·        Diez niños por cada cocinera –ordenó.

Gritaron las madres, y corrieron a proteger a sus hijos. Pero treinta veces los sideresios las cruzaron con sus látigos y se los arrebataron de los brazos. Todavía intentaron las mujeres arrojarse a los pies de aquellos hombres suplicando que tomaran sus vidas a cambio de la de sus hijos, y treinta rostros fueron pateados con furia.

Los niños pastores estaban hambrientos; así que recibieron con alegría el caldo que el propio Drimus les dio a beber de un cucharón.

·        Con cuidado, pequeños –decía Drimus–. Con mucho cuidado...

A los que aún se amamantaban, el Doctrinador les puso en la boca sus dedos mojados en caldo.

·        Toma –decía mientras el niño sorbía su dedo–. Verás que es tan sabroso como la leche de tu madre.

Lo último que vio la luna de esa noche fue mujeres de rodillas, pastores con los ojos cerrados. Y una caravana de llamellos que se alejaba cargada de niños dormidos, seguida de cerca por una bandada de pájaros hambrientos. Tan hambrientos como estaban los niños antes de dormirse.

 

 

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