SE
ESTA HACIENDO CADA
VEZ MAS TARDE
una
novela epistolar de Antonio Tabucchi
La insólita
trama narrativa de este magistral libro la tejen diecisiete cartas de
personajes masculinos a otras tantas figuras femeninas, y una voz
femenina responde a todas ellas distante, implacable y rebosante de
pena. Esta novela epistolar, que el propio autor considera "una
pequeña comedia humana de bolsillo", propone un
extraordinario recorrido, impregnado de ternura, sensualidad y
nostalgia, por las pasiones humanas, donde el amor parece el ilusorio
punto central, cuando en realidad no es más que un punto de
fuga que nos conduce hacia las zonas más oscuras del alma.
Se ofrece a
continuación un fragmento de la obra.
Un mensaje en medio del mar
Querida mía:
Creo que el
diámetro máximo de esta isla no supera los cincuenta
kilómetros como mucho. Hay una carretera costera que la rodea
en todo su perímetro, estrecha, a menudo al borde del
acantilado, otras veces llaneando por costas yermas que desembocan en
solitarias calitas de piedra bordeadas de tamariscos quemados por el
salitre, en algunas de las cuales me detengo a veces. Precisamente
desde una de ellas te estoy hablando en voz baja, porque el mediodía
y el mar y esta luz blanca te han hecho cerrar los párpados,
tumbada aquí a mi lado, veo tu pecho que se alza al ritmo
pausado de la respiración de quien está durmiendo y no
quiero despertarte. Cómo les gustaría este lugar a
ciertos poetas que conocemos, porque es tan parco, esencial, hecho de
piedras, montañitas yermas, zarzas, cabras. Hasta se me ha
ocurrido pensar que esta isla no existe, y que si la he encontrado es
sólo porque me la estaba imaginando. No es un lugar, es un
agujero: de la red, quiero decir. Hay una red en la que parece ya
imposible no quedar atrapados, y es una red de arrastre. En esa red
yo insisto en buscar agujeros. Ahora casi me había parecido
oír tu risita irónica: <<Hala, ya estamos otra
vez.>> Pero no, tienes los párpados cerrados y no te has
movido. He debido de imaginármelo. ¿Qué hora
será? No me he traído el reloj, que por lo demás
aquí es totalmente superfluo.
Pero te estaba describiendo este lugar. Lo primero
en lo que nos hace pensar es en lo excesivo que es el exceso que
nuestro tiempo nos ofrece, al menos a nosotros que por suerte estamos
en la parte mejor. En cambio, mira las cabras: sobreviven con casi
nada, se comen incluso los espinos y lamen hasta la sal. Cuanto más
las miro, más me gustan las cabras. En esta playita hay siete
u ocho que deambulan entre las piedras, sin pastor, probablemente
pertenezcan a los dueños de la casita donde me he detenido a
mediodía. Hay una especie de café bajo un cañizal
donde se pueden comer aceitunas, queso y melón. La viejecilla
que me ha servido estaba sorda y he tenido que gritar para pedir esas
pocas cosas, me ha dicho que su marido estaba a punto de llegar, pero
a su marido no lo he visto, quizá sea una fantasía
suya, o puede que yo no haya entendido bien. El queso lo hace ella
con sus manos, me lo ha traído al patio de la casa, una
explanada polvorienta rodeada por un muro de piedra repleto de cardos
donde está el redil de las cabras. Le he hecho un gesto
poniendo la mano en forma de hoz, como diciéndole que tendría
que cortar los cardos, porque pinchan y uno tropieza con ellos. Ella
me ha contestado con un gesto idéntico, pero más
decidido. Quién sabe lo que habrá querido decir con esa
mano que cortaba el aire como una hoja. Junto a los establos, la
alquería se prolonga en una especie de cantina excavada en la
piedra, donde ella fabrica su queso, que no es más que un
requesón salado curado en la oscuridad, con una costra rojiza
de guindilla. Su obrador es un cuarto excavado en la piedra,
fresquito, gélido, diría yo. Hay un recipiente de
granito donde pone la leche a cuajar y una tina donde trabaja el
suero, en un tablero rugoso e inclinado sobre el que amasa el cuajo
como si fuera ropa en el lavadero, estrujándolo para que salga
toda el agua; y después lo introduce en dos moldes donde se
deja para que se endurezca; son moldes también de madera, que
se abren y se cierran con una especie de presilla, uno es redondo, y
eso es lo normal, mientras que el otro tiene forma de as de
picas, o por lo menos así me lo ha parecido a mí,
porque recuerda el palo de nuestras barajas. He comprado un queso
entero y hubiera querido el de forma de as de picas, pero la vieja me
lo ha negado y he debido conformarme con el redondo. Le he pedido una
explicación y no he obtenido más que gruñidos
guturales y desagradables, estridentes casi, acompañados de
gestos indescifrable: se acariciaba la circunferencia del vientre y
se tocaba el corazón. Quién sabe, tal vez quisiera
indicar que ese tipo de queso está reservado únicamente
para ciertas ceremonias esenciales de la vida: el nacimiento, la
muerte. Pero, como te iba diciendo, tal vez sea sólo una
interpretación de mi fantasía, que a menudo se lanza al
galope, como sabes. En cualquier caso, el queso es exquisito, entre
estas dos rebanadas de pan oscuro que estoy comiéndome, tras
haber vertido encima un chorrito de aceite de oliva, que aquí
nunca falta, y un par de hojas de tomillo, que sirve de
condimento a cualquier plato, desde el pescado al conejo silvestre.
Hubiera querido preguntarte si tú también tenías
apetito, mira, es exquisito, te he dicho, es algo irrepetible, dentro
de poco también habrá desaparecido en la red que nos va
envolviendo, para este queso no hay agujeros ni vías de
escape, aprovecha. Pero no quería molestarte, era tan plácido
tu sueño, y tan adecuado, y he preferido callar. He visto
pasar un barco en la lejanía y he pensado en la palabra que te
estaba escribiendo: barco. De La Habana ha llegado un barco cargado
de..., a ver si lo adivinas.
He entrado en el mar muy muy despacio con una
sensación pánica, como el lugar requería.
Mientras entraba en el agua, con los sentidos dispuestos para lo que
el sol del mediodía y el azul de la sal marina y la soledad
suscitan en un hombre, he oído una risita irónica tuya
a mis espaldas. He preferido no hacerle caso y he avanzado en el agua
hasta que casi me cubría el ombligo, esa estúpida está
fingiendo que duerme, he pensado, me está tomando el pelo.
Como un desafío he seguido avanzando, y también por
desafío, pero para hacerte burla además, me he dado la
vuelta de repente, exhibiéndome en mi desnudez. ¡Ole!,
he gritado. No te has movido ni un milímetro, pero tu voz me
ha llegado con toda claridad y sobre todo tu tono, que era
sardónico. ¡Muy bien, felicidades, parece que sigues
estando en forma!, ¡pero la playa de la Miel era hace veinte
años, ha pasado un montón de tiempo, ten cuidado, no
sea que todo acabe en un gatillazo marino! La frase era bastante
venenosa, debes admitirlo, dirigida a alguien que entraba en el agua
jugando a ser un maduro fauno, me he mirado, he mirado el azul a mi
alrededor y jamás metáfora me ha parecido tan
apropiada, y la sensación del ridículo me ha invadido y
con ella cierto estupor, como una desorientación y una especie
de vergüenza, de modo que me he puesto las manos delante para
taparme, insensatamente, visto que frente a mí no había
nadie, sólo mar y cielo y nada más. Y tú estabas
lejos, inmóvil en la playa, demasiado lejos para haberme
susurrado esa frase. Estoy oyendo voces, he pensado, es una
alucinación sonora. Y por un instante me he sentido paralizado
con un sudor gélido por el cuello, y el agua me ha parecido de
cemento, como si hubiera quedado atrapado en ella y estuviera a punto
de asfixiarme emparedado para siempre, como una libélula fósil
atrapada en un bosque de cuarzo. Y con dificultad, paso a paso, sin
darme la vuelta, he procurado librarme del pánico que ahora se
había apoderado verdaderamente de mí, ese pánico
que te hace perder los puntos cardinales, he retrocedido hasta la
playa donde por lo menos sabía que en todo caso estabas tú
como punto de referencia que siempre me has dado, tumbada sobre una
toalla al lado de la mía.
Pero con todo esto me he ido por las ramas, como
se suele decir, porque si no me equivoco te estaba hablando de la
isla. Veamos: si a ojo de buen cubero tiene un diámetro de
apenas cincuenta kilómetros, para mí no hay aquí
más de un habitante cada diez kilómetros cuadrados. Así
que muy pocos, la verdad. Tal vez sean más las cabras,
mejor dicho, estoy
seguro de ello. El único bien que la
tierra produce, aparte de moras e higos, son melones, allí
donde el terreno pedregoso se vuelve arenoso, de una arena
amarillenta donde los habitantes cultivan melones, sólo
melones, pequeños como pomelos y muy dulces. Los campos de
melones están separados entre sí por arbustos de una
vid que parece casi silvestre y que crece en cavidades excavadas en
la arena para que no las queme el salitre y en la cavidad pueda
recogerse el rocío nocturno, que debe de ser el único
sustento para sus raíces. De la uva se obtiene un vino rosado
oscuro, de alta graduación, creo que constituye la única
bebida de la isla, aparte de las infusiones de hierbas silvestre que
se beben en abundancia, incluso frías, y que son amargas pero
muy aromáticas. Algunas son amarillas, porque hay una especie
de azafrán espinoso que florece entre los guijarros y que
parece una alcachofa plana; y esa bebida provoca una fuerte ebriedad,
bastante mayor que la del vino, y está reservada a los
enfermos y a los moribundos. Después de una sensación
de insólito bienestar, te quedas dormido largo rato, y cuando
despiertas no sabes cuánto tiempo ha pasado, tal vez un par de
días, y no sueñas nada.
Estoy seguro de que crees que a un lugar como éste
sería necesario traer una tienda. Sí, pero ¿dónde
se monta? ¿entre las piedra?, ¿entre los melones? Y
además, ya lo sabes, nunca he sido un as en eso de montar
tiendas, me quedaban siempre torcidas, las pobre, daban pena. En
cambio, he encontrado sitio en la aldea. Increíble, llegas a
un villorrio blanco que ni siquiera tiene nombre, lo llaman
simplemente la aldea, y en el molino de viento en ruinas que sirve de
centinela a las cuatro casas, después de una subida por unos
escalones desvencijados, hay un cartel con una flecha: Hotel, 100
metros. Tiene dos habitaciones; la otra está deshabitada. El
dueño del hotel es un hombre mayor y de pocas palabras. Ha
sido marinero y sabe varios idiomas, por lo meno para entenderse, y
en la isla lo es todo: cartero, farmacéutico, policía.
Tiene el ojo derecho de un color distinto del izquierdo, pero no creo
que sea de nacimiento, sino por un misterioso accidente que sufrió
en uno de sus viajes y que ha intentado explicarme con avaras
palabras y con el gesto inequívoco de quien al señalarse
un ojo representa algo que lo golpea. La habitación es
preciosa, la verdad es que nunca nos la habríamos imaginado
así, ni tú ni yo. Es una enorme buhardilla que da al
patio, con el techo inclinado hasta una terraza sostenida por las
columnas de piedra del pórtico, en torno a las cuales se
encarama una enredadera de hojas muy verdes y robustas, algo
carnosas, cargada de capullos que por la noche se abren con un aroma
intenso. Creo que las flores repelen los insectos, porque no he visto
ninguno en las paredes, a menos que tal limpieza sea obra de las no
pocas salamanquesas que pueblan el techo: carnosas ellas también
y muy simpáticas, porque siempre están inmóviles,
por lo menos aparentemente.
El hosco dueño tiene una vieja criada que
por la mañana me trae a la habitación un desayuno
consistente en roscas de pan de anís, miel, queso fresco y una
jarrita con una tisana que sabe a menta. Cuando bajo, él
está siempre inclinado sobre una mesa haciendo cuentas. De
qué, en realidad, vete a saber. Pese a su sobriedad verbal, es
muy atento. Me pregunta siempre: ¿Cómo está
su esposa? Quién sabe por qué habrá decidido
hablarme en español, y la palabra esposa, que él
pronuncia con el debido respeto y que ya de por sí es un poco
ridícula, se merecía una buena carcajada como
respuesta. ¡Pero de qué esposa me habla, hágame
usted el favor!, y hala, un manotazo decidido en la espalda. Y en
cambio contesto con la seriedad que la situación requiere:
está muy bien, gracias, esta mañana se ha levantado muy
temprano y ya ha bajado a la playa, ni siquiera ha tomado el
desayuno. Pobre señora, contesta él, en español
naturalmente, en la playa en ayunas, ¡eso no puedes ser! Da una
palmada con las manos y aparece la vieja. Le habla en su lengua y
ella, muy diligente, prepara la habitual cestita para que tú
no te quedes en ayunas. Y eso precisamente es lo que te he traído
esta mañana también: una rosca de pan de anís,
queso fresco, miel. Me siento casi como Caperucita Roja, pero tú
no eres la abuelita y por suerte no hay ningún lobo feroz. No
hay más que una cabrilla marroncita en media del blanco de las
rocas, el azul fondo, el sendero que debo recorrer hasta la playa
para tumbarme sobre la toalla al lado de la tuya.
Te había sacado un billete <<abierto>>,
como lo llaman en lenguaje técnico las agencias. Cuestan
doble, ya lo sé, pero te consienten regresar el día que
tú quieras, y no lo digo tanto por el vaporcillo asmático
que va y viene todos los días de la llamada civilización,
sino sobre todo por el avión de la isla más cercana,
donde hay una pista de aterrizaje. Y no era por derrochar el dinero,
ya sabes que estoy muy atento a mis gastos, ni para demostrarte lo
generoso que soy, que quizá no lo sea en absoluto. Es que me
doy cuenta de tus compromisos, de las cosas que uno tiene que hacer,
y aquí y allí, y arriba y abajo. En resumen: la vida.
Ayer por la noche me dijiste que hoy tenías que marcharte, que
no ye quedaba más remedio. Pues muy bien, mira, puede irte, el
billete abierto sirve precisamente para eso. No problem, como
se dice hoy en día. Por lo demás, el momento es
favorable, porque hay resaca en el agua y lleva mar adentro.
He cogido tu billete, he entrado en el mar
(esta vez incluso con los pantalones, para mantener el decoro debido
a una despedida) y lo he depositado sobre la superficie del agua. La
ola ha envuelto y ha desaparecido de la vista. Dios mío, he
pensado durante un instante con esa zozobra de cuando se asiste a una
despedida (las despedidas provocan siempre un poco de ansia y ya
sabes que en mí siempre es excesiva), se estrellará
contra las rocas. Pero no.
Ha tomado la dirección adecuada,
flotando gallardamente sobre la corriente que refresca el pequeño
golfo, y ha desaparecido tras un instante. He intentado agitar el
pañuelo para decirte adiós, pero ya estabas demasiado
lejos. Tal vez ni te hayas dado cuenta.
El río. ( fragmento
)
Querida mía:
Ya sé que te ocupas del pasado: es tu
profesión. Pero ésta es otra historia, créeme.
El pasado es más fácil de leer: uno se vuelve hacia
atrás y, si puede, echa una ojeada. Y además, sea como
sea, siempre queda enredado en algún sitio, a retazos quizá.
A veces, basta solamente el olfato y las papilas gustativas, es
notorio: lo sabemos por ciertas novelas, hermosas incluso. O bien un
recuerdo, cualquiera que sea: un objeto visto en la infancia, un
botón hallado en una caja, qué sé yo, una
persona que siendo otra te recuerda a otra, un viejo billete de
tranvía. Y, de repente, ahí estás, justo en ese
pequeño tranvía rechinante que iba de Porta Ticinese al
Castillo Sforzesco, entras como si nada en el portal del edificio
decimonónico, la escalinata tiene una barandilla de hierro
fundido labrada con una cabeza de serpiente, sube dos tramos, la
puerta se abre sin que tan siquiera toques el timbre y no te
sorprendes en absoluto, entre otras cosas porque en el vestíbulo,
encima de la cómoda rococó, detrás del viejo
péndulo neoclásico, ves que el espejo antiguo salpicado
de manchas pardas está cruzado por una raja que lo hiende de
una esquina a otra, y recuerdas que aquel día me dijiste: una
persona con una enfermedad como la suya no puede desafiar así
al destino, es como convocar a la desgracia. Y en ese momento
comprendes que la puerta se ha abierto sola simplemente porque a él,
que quería desafiar el destino, le han jodido, como a todos
aquellos que quieren desafiar al destino, quién sabe dónde
estará enterrado, y en cambio el espejo herido sigue estando
ahí, como aquel día en que comprendiste claramente lo
que había de suceder.
O bien coges un álbum de fotografías,
uno cualquiera de una persona cualquiera, como yo, como tú,
como todo el mundo. Y te das cuenta de que la vida está ahí
en los distintos segmentos que unos estúpidos rectángulos
de papel encierran sin dejarla salir de sus estrechos confines. Y
entretanto la vida está henchida, impaciente, quiere ir a otro
lado de ese rectángulo, porque sabe que ese niño
vestido de blanco con las manos unidas y el brazalete de primera
comunión en el brazo, mañana (digo <<mañana>>
por decir un día cualquiera) llorará a escondidas
porque se avergonzará de sí mismo: ¿un pequeño
acto nefando? Pequeño o grande no tiene importancia, porque
prevé el remordimiento, y de eso es de lo que estamos
hablando. Pero esa feroz fotografía, más severa que un
ama de llaves, no deja que la verdadera verdad se evada de sus
escasos centímetros. La vida está prisionera de su
representación: del día siguiente solo te acuerdas tú.
Mira, fue así, ¿te acuerdas?, y
para recordar ni siquiera podría citar alguna poesía,
del tipo ropa pobre tendida al sol, que es siempre un elemento de
melancolía, habla de vidas desconocidas y modestas, y tan
simples, de esa simplicidad que sólo los grandes poetas pueden
captar, o por lo menos eso dicen. No: por el contrario había
un paisaje majestuoso, de esa belleza que es demasiado bella cuando
es perfecta, como en un fresco de Simone Martini, en el que un
caballo enjaezado conduce a un inefable caballero hacia un inefable
más allá. Y yo conducía mi automóvil.
Pero despacio, procurando acompañar las
curvas que surcan esas colinas inclinándose con el cuerpo en
cada una de ellas, como se hace en bicicleta, porque hubiera querido
ser chiquillo que recorría las dulzuras de aquel paisaje con
una flamante bicicleta nueva que han regalado en casa por su
cumpleaños. Era una aldea de cuatro casas, no más, de
piedra sin desbastar, ni tan siquiera encalada, no había
nadie, un hendil daba a la carretera, con ladrillos huecos de los que
colgaban hebras de paja que oscilaban con la brisa, inútiles,
abandonadas ellas también. Hay cosas así, que ocurren y
no sabes por qué. No había ninguna razón para
detenerse en aquel lugar desierto, ni siquiera para tomar un café,
porque no había nada de nada, aparte de una carreterucha que
en la esquina del henil, abandonando el asfalto, se volvía de
tierra y llevaba hacia el campo: otra nada, allí, al fondo. Y
yo enfilé por ella.
En aldeas de este tipo siempre hay una pequeña
iglesia o una capilla, te habrás dado cuenta. Es que en sus
orígenes eran pobres conjuntos de casas campesinas en torno a
la villa señorial, y los campesinos eran personas devotas al
amo y a la misa. Y justo allí, al final del camino de tierra,
entre dos cipreses, exactamente como en las oleografías
decimonómicas o en las postales donde hoy aparece escrito
<<The Heart of Civilization>>, había una pequeña
iglesia. Abandonada también, como todo lo demás. En la
punta del tejado a dos aguas, en un ajimez de ladrillo abierto a lo
azul, colgaban dos campanas que parecían más bien dos
cencerros para las vacas, y también inutilizadas desde hacía
tiempo, se veía. Aparqué el coche justo allí,
debajo de uno de los cipreses. Inmediatamente después, hileras
de vides y cipreses que pincelaban las colinas: sitios de los
nuestros, para entendernos. Y todo como debía ser. Era mayo.
Meé contra el ciprés, aunque no tuviera ganas, tal vez
atribuyendo inconscientemente a ese acto fisiológico la razón
de haberme detenido en un sitio en que ningún motivo me
inducía a detenerme. El portón de la iglesia estaba
cerrado, la rodeé cruzando los hierbajos que asediaban su
perímetro, atento para no molestar a las víboras, a las
que les gustan esos lugares abandonados. Entre los intersticios de
las viejas piedras crecían matas de alcaparra, con melenas
sedosas de quién sabe por qué me hicieron pensar en
Electra, e intenté recordar unos versos que en otro tiempo
sabía, pero eran inencontrables en la memoria. Cogí un
par de alcaparras y las mastiqué, aunque estaban amargas, y
saboreé su gusto agreste, casi como si ese sabor me
restituyera el sentido de lo que había sucedido, como una
penitencia sumisa y necesaria que nos recuerda con su sabor áspero
la culpa que hemos cometido.
Y pensé en la vida, que es subrepticia,
y en cambio su verdadera trayectoria sucede en lo profundo, como un
río cárstico.
Cometarios del autor:
"La
forma epistolar permite abordar numerosos géneros: la
confesión, los panfletos (D'Alembert), las novelas de amor
(Eloísa y Abelardo), o como diría Marguerite
Yourcenar, en Alexis o el tratado del inútil combate,
es el retrato de una voz. Bella y extraña definición.
Se está haciendo cada vez más tarde ha
sido escrito en voz alta. Es una novela "oral", por así
decir. He querido pervertir las novelas epistolares y, al mismo
tiempo, he rendido un homenaje al género".
"Siempre
he sentido una fuerte atracción por los personajes de la
historia y la literatura que son capaces de grandes pasiones. Me
parece como si, flagelados por la vida, tuvieran acceso a una
dimensión diversa de aquella del amor, quizá
ligeramente superior a ésta. Tal predilección mía
por las pasiones furiosas quizá refleja mi lado romántico.
En cualquier caso, creo que la pasión nos proporciona un
sentido de ebriedad, creo que es una suerte de embriaguez que nos
abre nuevas dimensiones de la vida, porque, si bien en el preciso
instante de la pasión estamos cegados, acto seguido se
adquiere una forma peculiar de lucidez".
"Yo
mismo soy capaz de amar o detestar a una persona con la misma fuerza
e incluso en el mismo momento, y esto, probablemente, está en
el origen de la literatura.
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