6 de Septiembre de 2010 
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Publicado el 6 de Febrero de 2006
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 SE ESTA  HACIENDO CADA VEZ MAS TARDE

una novela epistolar de Antonio Tabucchi  

 

La insólita trama narrativa de este magistral libro la tejen diecisiete cartas de personajes masculinos a otras tantas figuras femeninas, y una voz femenina responde a todas ellas distante, implacable y rebosante de pena. Esta novela epistolar, que el propio autor considera "una pequeña comedia humana de bolsillo", propone un extraordinario recorrido, impregnado de ternura, sensualidad y nostalgia, por las pasiones humanas, donde el amor parece el ilusorio punto central, cuando en realidad no es más que un punto de fuga que nos conduce hacia las zonas más oscuras del alma.

Se ofrece a continuación un fragmento de la obra.

 

Un mensaje en medio del mar

  

Querida mía:

 

Creo que el diámetro máximo de esta isla no supera los cincuenta kilómetros como mucho. Hay una carretera costera que la rodea en todo su perímetro, estrecha, a menudo al borde del acantilado, otras veces llaneando por costas yermas que desembocan en solitarias calitas de piedra bordeadas de tamariscos quemados por el salitre, en algunas de las cuales me detengo a veces. Precisamente desde una de ellas te estoy hablando en voz baja, porque el mediodía y el mar y esta luz blanca te han hecho cerrar los párpados, tumbada aquí a mi lado, veo tu pecho que se alza al ritmo pausado de la respiración de quien está durmiendo y no quiero despertarte. Cómo les gustaría este lugar a ciertos poetas que conocemos, porque es tan parco, esencial, hecho de piedras, montañitas yermas, zarzas, cabras. Hasta se me ha ocurrido pensar que esta isla no existe, y que si la he encontrado es sólo porque me la estaba imaginando. No es un lugar, es un agujero: de la red, quiero decir. Hay una red en la que parece ya imposible no quedar atrapados, y es una red de arrastre. En esa red yo insisto en buscar agujeros. Ahora casi me había parecido oír tu risita irónica: <<Hala, ya estamos otra vez.>> Pero no, tienes los párpados cerrados y no te has movido. He debido de imaginármelo. ¿Qué hora será? No me he traído el reloj, que por lo demás aquí es totalmente superfluo.

            Pero te estaba describiendo este lugar. Lo primero en lo que nos hace pensar es en lo excesivo que es el exceso que nuestro tiempo nos ofrece, al menos a nosotros que por suerte estamos en la parte mejor. En cambio, mira las cabras: sobreviven con casi nada, se comen incluso los espinos y lamen hasta la sal. Cuanto más las miro, más me gustan las cabras. En esta playita hay siete u ocho que deambulan entre las piedras, sin pastor, probablemente pertenezcan a los dueños de la casita donde me he detenido a mediodía. Hay una especie de café bajo un cañizal donde se pueden comer aceitunas, queso y melón. La viejecilla que me ha servido estaba sorda y he tenido que gritar para pedir esas pocas cosas, me ha dicho que su marido estaba a punto de llegar, pero a su marido no lo he visto, quizá sea una fantasía suya, o puede que yo no haya entendido bien. El queso lo hace ella con sus manos, me lo ha traído al patio de la casa, una explanada polvorienta rodeada por un muro de piedra repleto de cardos donde está el redil de las cabras. Le he hecho un gesto poniendo la mano en forma de hoz, como diciéndole que tendría que cortar los cardos, porque pinchan y uno tropieza con ellos. Ella me ha contestado con un gesto idéntico, pero más decidido. Quién sabe lo que habrá querido decir con esa mano que cortaba el aire como una hoja. Junto a los establos, la alquería se prolonga en una especie de cantina excavada en la piedra, donde ella fabrica su queso, que no es más que un requesón salado curado en la oscuridad, con una costra rojiza de guindilla. Su obrador es un cuarto excavado en la piedra, fresquito, gélido, diría yo. Hay un recipiente de granito donde pone la leche a cuajar y una tina donde trabaja el suero, en un tablero rugoso e inclinado sobre el que amasa el cuajo como si fuera ropa en el lavadero, estrujándolo para que salga toda el agua; y después lo introduce en dos moldes donde se deja para que se endurezca; son moldes también de madera, que se abren y se cierran con una especie de presilla, uno es redondo, y eso es lo normal, mientras que el otro tiene forma  de as de picas, o por lo menos así me lo ha parecido a mí, porque recuerda el palo de nuestras barajas. He comprado un queso entero y hubiera querido el de forma de as de picas, pero la vieja me lo ha negado y he debido conformarme con el redondo. Le he pedido una explicación y no he obtenido más que gruñidos guturales y desagradables, estridentes casi, acompañados de gestos indescifrable: se acariciaba la circunferencia del vientre y se tocaba el corazón. Quién sabe, tal vez quisiera indicar que ese tipo de queso está reservado únicamente para ciertas ceremonias esenciales de la vida: el nacimiento, la muerte. Pero, como te iba diciendo, tal vez sea sólo una interpretación de mi fantasía, que a menudo se lanza al galope, como sabes. En cualquier caso, el queso es exquisito, entre estas dos rebanadas de pan oscuro que estoy comiéndome, tras haber vertido encima un chorrito de aceite de oliva, que aquí nunca  falta, y un par de hojas de tomillo, que sirve de condimento a cualquier plato, desde el pescado al conejo silvestre. Hubiera querido preguntarte si tú también tenías apetito, mira, es exquisito, te he dicho, es algo irrepetible, dentro de poco también habrá desaparecido en la red que nos va envolviendo, para este queso no hay agujeros ni vías de escape, aprovecha. Pero no quería molestarte, era tan plácido tu sueño, y tan adecuado, y he preferido callar. He visto pasar un barco en la lejanía y he pensado en la palabra que te estaba escribiendo: barco. De La Habana ha llegado un barco cargado de..., a ver si lo adivinas.

            He entrado en el mar muy muy despacio con una sensación pánica, como el lugar requería. Mientras entraba en el agua, con los sentidos dispuestos para lo que el sol del mediodía y el azul de la sal marina y la soledad suscitan en un hombre, he oído una risita irónica tuya a mis espaldas. He preferido no hacerle caso y he avanzado en el agua hasta que casi me cubría el ombligo, esa estúpida está fingiendo que duerme, he pensado, me está tomando el pelo. Como un desafío he seguido avanzando, y también por desafío, pero para hacerte burla además, me he dado la vuelta de repente, exhibiéndome en mi desnudez. ¡Ole!, he gritado. No te has movido ni un milímetro, pero tu voz me ha llegado con  toda claridad y sobre todo tu tono, que era sardónico. ¡Muy bien, felicidades, parece que sigues estando en forma!, ¡pero la playa de la Miel era hace veinte años, ha pasado un montón de tiempo, ten cuidado, no sea que todo acabe en un gatillazo marino! La frase era bastante venenosa, debes admitirlo, dirigida a alguien que entraba en el agua jugando a ser un maduro fauno, me he mirado, he mirado el azul a mi alrededor y jamás metáfora me ha parecido tan apropiada, y la sensación del ridículo me ha invadido y con ella cierto estupor, como una desorientación y una especie de vergüenza, de modo que me he puesto las manos delante para taparme, insensatamente, visto que frente a mí no había nadie, sólo mar y cielo y nada más. Y tú estabas lejos, inmóvil en la playa, demasiado lejos para haberme susurrado esa frase. Estoy oyendo voces, he pensado, es una alucinación sonora. Y por un instante me he sentido paralizado con un sudor gélido por el cuello, y el agua me ha parecido de cemento, como si hubiera quedado atrapado en ella y estuviera a punto de asfixiarme emparedado para siempre, como una libélula fósil atrapada en un bosque de cuarzo. Y con dificultad, paso a paso, sin darme la vuelta, he procurado librarme del pánico que ahora se había apoderado verdaderamente de mí, ese pánico que te hace perder los puntos cardinales, he retrocedido hasta la playa donde por lo menos sabía que en todo caso estabas tú como punto de referencia que siempre me has dado, tumbada sobre una toalla al lado de la mía.

            Pero con todo esto me he ido por las ramas, como se suele decir, porque si no me equivoco te estaba hablando de la isla. Veamos: si a ojo de buen cubero tiene un diámetro de apenas cincuenta kilómetros, para mí no hay aquí más de un habitante cada diez kilómetros cuadrados. Así que  muy pocos, la verdad. Tal vez sean más las cabras, mejor dicho, estoy

seguro de ello. El único bien que la tierra produce, aparte de moras e higos, son melones, allí donde el terreno pedregoso se vuelve arenoso, de una arena amarillenta donde los habitantes cultivan melones, sólo melones, pequeños como pomelos y muy dulces. Los campos de melones están separados entre sí por arbustos de una vid que parece casi silvestre y que crece en cavidades excavadas en la arena para que no las queme el salitre y en la cavidad pueda recogerse el rocío nocturno, que debe de ser el único sustento para sus raíces. De la uva se obtiene un vino rosado oscuro, de alta graduación, creo que constituye la única bebida de la isla, aparte de las infusiones de hierbas silvestre que se beben en abundancia, incluso frías, y que son amargas pero muy aromáticas. Algunas son amarillas, porque hay una especie de azafrán espinoso que florece entre los guijarros y que parece una alcachofa plana; y esa bebida provoca una fuerte ebriedad, bastante mayor que la del vino, y está reservada a los enfermos y a los moribundos. Después de una sensación de insólito bienestar, te quedas dormido largo rato, y cuando despiertas no sabes cuánto tiempo ha pasado, tal vez un par de días, y no sueñas nada.

            Estoy seguro de que crees que a un lugar como éste sería necesario traer una tienda. Sí, pero ¿dónde se monta? ¿entre las piedra?, ¿entre los melones? Y además, ya lo sabes, nunca he sido un as en eso de montar tiendas, me quedaban siempre torcidas, las pobre, daban pena. En cambio, he encontrado sitio en la aldea. Increíble, llegas a un villorrio blanco que ni siquiera tiene nombre, lo llaman simplemente la aldea, y en el molino de viento en ruinas que sirve de centinela a las cuatro casas, después de una subida por unos escalones desvencijados, hay un cartel con una flecha: Hotel, 100 metros. Tiene dos habitaciones; la otra está deshabitada. El dueño del hotel es un hombre mayor y de pocas palabras. Ha sido marinero y sabe varios idiomas, por lo meno para entenderse, y en la isla lo es todo: cartero, farmacéutico, policía. Tiene el ojo derecho de un color distinto del izquierdo, pero no creo que sea de nacimiento, sino por un misterioso accidente que sufrió en uno de sus viajes y que ha intentado explicarme con avaras palabras y con el gesto inequívoco de quien al señalarse un ojo representa algo que lo golpea. La habitación es preciosa, la verdad es que nunca nos la habríamos imaginado así, ni tú ni yo. Es una enorme buhardilla que da al patio, con el techo inclinado hasta una terraza sostenida por las columnas de piedra del pórtico, en torno a las cuales se encarama una enredadera de hojas muy verdes y robustas, algo carnosas, cargada de capullos que por la noche se abren con un aroma intenso. Creo que las flores repelen los insectos, porque no he visto ninguno en las paredes, a menos que tal limpieza sea obra de las no pocas salamanquesas que pueblan el techo: carnosas ellas también y muy simpáticas, porque siempre están inmóviles, por lo menos aparentemente.

            El hosco dueño tiene una vieja criada que por  la mañana me trae a la habitación un desayuno consistente en roscas de pan de anís, miel, queso fresco y una jarrita con una tisana que sabe a menta. Cuando bajo, él  está siempre inclinado sobre una mesa haciendo cuentas. De qué, en realidad, vete a saber. Pese a su sobriedad verbal, es muy atento. Me pregunta siempre: ¿Cómo está su esposa? Quién sabe por qué habrá decidido hablarme en español, y la palabra esposa, que él pronuncia con el debido respeto y que ya de por sí es un poco ridícula, se merecía una buena carcajada como respuesta. ¡Pero de qué esposa me habla, hágame usted el favor!, y hala, un manotazo decidido en la espalda. Y en cambio contesto con la seriedad que la situación requiere: está muy bien, gracias, esta mañana se ha levantado muy temprano y ya ha bajado a la playa, ni siquiera ha tomado el desayuno. Pobre señora, contesta él, en español naturalmente, en la playa en ayunas, ¡eso no puedes ser! Da una palmada con las manos y aparece la vieja. Le habla en su lengua y ella, muy diligente, prepara la habitual cestita para que tú no te quedes en ayunas. Y eso precisamente es lo que te he traído esta mañana también: una rosca de pan de anís, queso fresco, miel. Me siento casi como Caperucita Roja, pero tú no eres la abuelita y por suerte no hay ningún lobo feroz. No hay más que una cabrilla marroncita en media del blanco de las rocas, el azul fondo, el sendero que debo recorrer hasta la playa para tumbarme sobre la toalla al lado de la tuya.

Te había sacado un billete <<abierto>>, como lo llaman en lenguaje técnico las agencias. Cuestan doble, ya lo sé, pero te consienten regresar el día que tú quieras, y no lo digo tanto por el vaporcillo asmático que va y viene todos los días de la llamada civilización, sino sobre todo por el avión de la isla más cercana, donde hay una pista de aterrizaje. Y no era por derrochar el dinero, ya sabes que estoy muy atento a mis gastos, ni para demostrarte lo generoso que soy, que quizá no lo sea en absoluto. Es que me doy cuenta de tus compromisos, de las cosas que uno tiene que hacer, y aquí y allí, y arriba y abajo. En resumen: la vida. Ayer por la noche me dijiste que hoy tenías que marcharte, que no ye quedaba más remedio. Pues muy bien, mira, puede irte, el billete abierto sirve precisamente para eso. No problem, como se dice hoy en día. Por lo demás, el momento es favorable, porque hay resaca en el agua y lleva mar adentro.

He cogido tu billete, he entrado en el mar (esta vez incluso con los pantalones, para mantener el decoro debido a una despedida) y lo he depositado sobre la superficie del agua. La ola ha envuelto y ha desaparecido de la vista. Dios mío, he pensado durante un instante con esa zozobra de cuando se asiste a una despedida (las despedidas provocan siempre un poco de ansia y ya sabes que en mí siempre es excesiva), se estrellará contra las rocas. Pero no.

Ha tomado la dirección adecuada, flotando gallardamente sobre la corriente que refresca el pequeño golfo, y ha desaparecido tras un instante. He intentado agitar el pañuelo para decirte adiós, pero ya estabas demasiado lejos. Tal vez ni te hayas dado cuenta.

 

El río. ( fragmento )

 

 

Querida mía:

 

Ya sé que te ocupas del pasado: es tu profesión. Pero ésta es otra historia, créeme. El pasado es más fácil de leer: uno se vuelve hacia atrás y, si puede, echa una ojeada. Y además, sea como sea, siempre queda enredado en algún sitio, a retazos quizá. A veces, basta solamente el olfato y las papilas gustativas, es notorio: lo sabemos por ciertas novelas, hermosas incluso. O bien un recuerdo, cualquiera que sea: un objeto visto en la infancia, un botón hallado en una caja, qué sé yo, una persona que siendo otra te recuerda a otra, un viejo billete de tranvía. Y, de repente, ahí estás, justo en ese pequeño tranvía rechinante que iba de Porta Ticinese al Castillo Sforzesco, entras como si nada en el portal del edificio decimonónico, la escalinata tiene una barandilla de hierro fundido labrada con una cabeza de serpiente, sube dos tramos, la puerta se abre sin que tan siquiera toques el timbre y no te sorprendes en absoluto, entre otras cosas porque en el vestíbulo, encima de la cómoda rococó, detrás del viejo péndulo neoclásico, ves que el espejo antiguo salpicado de manchas pardas está cruzado por una raja que lo hiende de una esquina a otra, y recuerdas que aquel día me dijiste: una persona con una enfermedad como la suya no puede desafiar así al destino, es como convocar a la desgracia. Y en ese momento comprendes que la puerta se ha abierto sola simplemente porque a él, que quería desafiar el destino, le han jodido, como a todos aquellos que quieren desafiar al destino, quién sabe dónde estará enterrado, y en cambio el espejo herido sigue estando ahí, como aquel día en que comprendiste claramente lo que había de suceder.

O bien coges un álbum de fotografías, uno cualquiera de una persona cualquiera, como yo, como tú, como todo el mundo. Y te das cuenta de que la vida está ahí en los distintos segmentos que unos estúpidos rectángulos de papel encierran sin dejarla salir de sus estrechos confines. Y entretanto la vida está henchida, impaciente, quiere ir a otro lado de ese rectángulo, porque sabe que ese niño vestido de blanco con las manos unidas y el brazalete de primera comunión en el brazo, mañana (digo <<mañana>> por decir un día cualquiera) llorará a escondidas porque se avergonzará de sí mismo: ¿un pequeño acto nefando? Pequeño o grande no tiene importancia, porque prevé el remordimiento, y de eso es de lo que estamos hablando. Pero esa feroz fotografía, más severa que un ama de llaves, no deja que la verdadera verdad se evada de sus escasos centímetros. La vida está prisionera de su representación: del día siguiente solo te acuerdas tú.

Mira, fue así, ¿te acuerdas?, y para recordar ni siquiera podría citar alguna poesía, del tipo ropa pobre tendida al sol, que es siempre un elemento de melancolía, habla de vidas desconocidas y modestas, y tan simples, de esa simplicidad que sólo los grandes poetas pueden captar, o por lo menos eso dicen. No: por el contrario había un paisaje majestuoso, de esa belleza que es demasiado bella cuando es perfecta, como en un fresco de Simone Martini, en el que un caballo enjaezado conduce a un inefable caballero hacia un inefable más allá. Y yo conducía mi automóvil.

Pero despacio, procurando acompañar las curvas que surcan esas colinas inclinándose con el cuerpo en cada una de ellas, como se hace en bicicleta, porque hubiera querido ser chiquillo que recorría las dulzuras de aquel paisaje con una flamante bicicleta nueva que han regalado en casa por su cumpleaños. Era una aldea de cuatro casas, no más, de piedra sin desbastar, ni tan siquiera encalada, no había nadie, un hendil daba a la carretera, con ladrillos huecos de los que colgaban hebras de paja que oscilaban con la brisa, inútiles, abandonadas ellas también. Hay cosas así, que ocurren y no sabes por qué. No había ninguna razón para detenerse en aquel lugar desierto, ni siquiera para tomar un café, porque no había nada de nada, aparte de una carreterucha que en la esquina del henil, abandonando el asfalto, se volvía de tierra y llevaba hacia el campo: otra nada, allí, al fondo. Y yo enfilé por ella.

En aldeas de este tipo siempre hay una pequeña iglesia o una capilla, te habrás dado cuenta. Es que en sus orígenes eran pobres conjuntos de casas campesinas en torno a la villa señorial, y los campesinos eran personas devotas al amo y a la misa. Y justo allí, al final del camino de tierra, entre dos cipreses, exactamente como en las oleografías decimonómicas o en las postales donde hoy aparece escrito <<The Heart of Civilization>>, había una pequeña iglesia. Abandonada también, como todo lo demás. En la punta del tejado a dos aguas, en un ajimez de ladrillo abierto a lo azul, colgaban dos campanas que parecían más bien dos cencerros para las vacas, y también inutilizadas desde hacía tiempo, se veía. Aparqué el coche justo allí, debajo de uno de los cipreses. Inmediatamente después, hileras de vides y cipreses que pincelaban las colinas: sitios de los nuestros, para entendernos. Y todo como debía ser. Era mayo. Meé contra el ciprés, aunque no tuviera ganas, tal vez atribuyendo inconscientemente a ese acto fisiológico la razón de haberme detenido en un sitio en que ningún motivo me inducía a detenerme. El portón de la iglesia estaba cerrado, la rodeé cruzando los hierbajos que asediaban su perímetro, atento para no molestar a las víboras, a las que les gustan esos lugares abandonados. Entre los intersticios de las viejas piedras crecían matas de alcaparra, con melenas sedosas de quién sabe por qué me hicieron pensar en Electra, e intenté recordar unos versos que en otro tiempo sabía, pero eran inencontrables en la memoria. Cogí un par de alcaparras y las mastiqué, aunque estaban amargas, y saboreé su gusto agreste, casi como si ese sabor me restituyera el sentido de lo que había sucedido, como una penitencia sumisa y necesaria que nos recuerda con su sabor áspero la culpa que hemos cometido.

Y pensé en la vida, que es subrepticia, y en cambio su verdadera trayectoria sucede en lo profundo, como un río cárstico.

 

Cometarios del autor:

"La forma epistolar permite abordar numerosos géneros: la confesión, los panfletos (D'Alembert), las novelas de amor (Eloísa y Abelardo), o como diría Marguerite Yourcenar, en Alexis o el tratado del inútil combate, es el retrato de una voz. Bella y extraña definición. Se está haciendo cada vez más tarde ha sido escrito en voz alta. Es una novela "oral", por así decir. He querido pervertir las novelas epistolares y, al mismo tiempo, he rendido un homenaje al género".

 

"Siempre he sentido una fuerte atracción por los personajes de la historia y la literatura que son capaces de grandes pasiones. Me parece como si, flagelados por la vida, tuvieran acceso a una dimensión diversa de aquella del amor, quizá ligeramente superior a ésta. Tal predilección mía por las pasiones furiosas quizá refleja mi lado romántico. En cualquier caso, creo que la pasión nos proporciona un sentido de ebriedad, creo que es una suerte de embriaguez que nos abre nuevas dimensiones de la vida, porque, si bien en el preciso instante de la pasión estamos cegados, acto seguido se adquiere una forma peculiar de lucidez".

 

"Yo mismo soy capaz de amar o detestar a una persona con la misma fuerza e incluso en el mismo momento, y esto, probablemente, está en el origen de la literatura.


Libros de Antonio Tabucchi

Autor Título Editorial Precio Stock  
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DE LANCASTRE TABUCCHI FERNANDO PESSOA SIN EDITORIAL $ 83.25 Consultar Francia
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TABUCCHI, ANTONIO EL JUEGO DEL REVES ANAGRAMA $ 54.00 Disponible España
TABUCCHI, ANTONIO EL ANGEL NEGRO ANAGRAMA $ 45.00 Disponible España
TABUCCHI, ANTONIO PIAZZA D'ITALIA FABULA POLULAR EN TRES ACTOS EPILOGO ANAGRAMA $ 48.00 Consultar  
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