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Los últimos testigos
Publicado el 7 de Julio de 2006
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Editorial leviatán publica Los últimos testigos , recuerdos de los niños del holocausto en Polonia

Este libro contiene algunas decenas de biografías de recuerdos de los niños del holocausto en Polonia. Las historia de vida y los relatos, aunque estén a veces condensados al máximo, presentan la realidad de la ocupación nazi en toda su complejidad. A pesar de que los autores fueron víctimas, privados de todos los derechos humanos, perseguidos como animales de presa, no hay en sus relatos ni ira implacable ni resentimiento apasionado, ni hay odio profundamente arraigado.

 

 

 

 

JOANNA KALTMAN (fragmento)
Nacida en 1929

 

Nací en Varsovia. Mi padre, el doctor Henryk Kaltman, era médico clínico en un hospital del distrito Solec. Mi madre, la doctora Ewa Kaltman, trabajaba en el Hospital del Niño Jesús de la calle Nowogródzka y, durante el año anterior a la guerra, trabajó en el Hospital Municipal del distrito de Czyste . Yo asistía a la escuela A.Wazówna en Varsovia. Ya en 1938, mi padre fue movilizado y prestaba servicio en el hospital del Fuerte Brzesko. Después del 17 de septiembre de 1939 , cruzó con su unidad hasta Hungría. Murió allí, de tuberculosis, en un campo de internación.
El comienzo de la guerra nos encontró a mi madre y a mí en Varsovia, en una casa en la calle Nowogrodzka 36. Muy pronto, en el invierno de 1939, nos expulsaron del departamento porque nuestra casa fue ocupada por alemanes. Nos mudamos a la calle Mylna, ya ubicada en los terrenos del proyectado barrio judío, al departamento de un primo de mi padre, Henryk Blaufeld. (Antes de la guerra, había trabajado durante muchos años como ingeniero en Austria. Después de la ocupación de Austria por el Tercer Reich, él, su mujer vienesa y sus dos hijos fueron obligados a dejar el país y enviados a Varsovia.) Después de cerrar el ghetto, mamá durante un tiempo todavía siguió trabajando en el hospital del distrito Czyste (en ese momento, ella tenía un salvoconducto) y luego fue transferida al hospital, en la calle Leszno 3.
Las condiciones de vida en el ghetto de Varsovia son bien conocidas –el sentimiento siempre creciente de estar en peligro, el hacinamiento, la progresiva falta de víveres y raciones menguantes que se conseguían con vales, el tifus que diezmaba, el trabajo forzado en los “talleres”, los puestos de guardia de pesadilla desde donde disparaban por pura diversión y estaban a la caza de niños hambrientos que trataban de contrabandear un poco de comida a través de los muros. En las calles, era cada vez mayor el número de personas muertas de hambre y de agotamiento o simplemente de enfermedad, cuerpos yaciendo por todas partes, cubiertos con diarios hasta que los recogían en una carreta para llevarlos a enterrar en cualquier lugar, como carroña descompuesta. Y junto con todo esto, la “Gestapo Judía” cuyo centro de operaciones estaba en la calle Leszno 13, al servicio de los alemanes, con acciones brutales por parte de los “milicianos” judíos –todo esto ya ha sido descrito con frecuencia.
Pero hay un tema sobre el que quiero escribir con detalle porque fue para mí la experiencia más dura de toda la guerra (después de todo, no es casual que yo haya dejado pasar medio siglo para atreverme a contarlo por primera vez). En este mismo departamento de la calle Mylna (no recuerdo el número, pero era un edificio de varios pisos, detrás del antiguo hospital evangélico de la calle Leszno, cuyo patio trasero lindaba –pared por medio– con el terreno del hospital), en el tercer piso, había un departamento separado del nuestro por la escalera de la cocina. Allí vivía una familia de maestros, el señor y la señora Rózycki, con –creo– un niño de siete años, el pequeño Olek, y un padre paralítico, y también, desalojado de Brwinów, el señor Wilner, su cuñado, con su esposa y sus dos hijos. (Creo que uno tenía dieciséis o diecisiete años y el otro era más o menos de mi edad).
Los Rózyckis daban clases privadas y yo estudiaba con ellos, junto con un grupo de chicos, siguiendo el programa normal de la escuela. Debe haber sido hacia finales de la primavera de 1942 (desgraciadamente, ya no recuerdo la fecha). Durante la noche, nos despertó el furioso ladrido de órdenes, vociferadas en alemán como si se tratara de un entrenamiento militar. El edificio entero, enorme para este distrito, estaba fantasmalmente callado. Uno podía sentir casi físicamente que cada uno de los que vivían allí estaba escuchando con horror pero todo alrededor había un silencio espantado, todas las ventanas apenas entornadas y a oscuras.
Únicamente había luces en un solo departamento y, allí, detrás de las celosías, se movían sombras, como si alguien estuviera siendo forzado a sentarse y a ponerse de pie siguiendo órdenes que se gritaban entre risas. Pero entonces, de repente, alrededor de una de las ventanas, se inició un movimiento, y escuchamos el grito terrible de una mujer, el tartamudeo desesperado del padre paralítico de la señora Rózycka, y el estrépito de los vidrios de la ventana haciéndose añicos. Habían empujado por la ventana la enorme silla de ruedas junto con el anciano paralítico sujeto con correas. Un momento después, el espeluznante golpe de su caída reverberó en el patio. Poco más tarde, hubo ruidos en la caja de la escalera y disparos, casi junto a nuestra puerta.
Fue entonces cuando mi madre, incapaz de soportar el espantoso horror de la impotencia, se desprendió violentamente de la casera que le bloqueaba la puerta y corrió hacia el pozo de la escalera. Allí yacía el señor Rózycki, con un balazo en el cuello. Los hombres de la Gestapo habían corrido hacia abajo y estaban disparando en dirección al patio externo de aquella ala de la casa. Era el señor Wilner que había saltado por la ventana que había en la escalera cuando se lo estaban llevando del departamento junto con el señor Rózycki. Entonces le dispararon al señor Rózycki y corrieron detrás de su cuñado. Mi madre trató de curarle las heridas y después, volvió corriendo, cruzó por nuestro departamento hasta lo del vecino que vivía frente a la escalera, un cirujano, pidiendo ayuda y medicamentos. En ese momento, resonó una nueva serie de disparos y, poco tiempo después, todo quedó en silencio.
Mi madre volvió corriendo con el cirujano (no recuerdo su nombre) al lugar donde había caído el señor Rózycki. Después de un rato, escuché la voz de nuestro vecino: “¡Doctora, aquí realmente ya no se puede hacer nada!” Y luego, la voz de mamá: “Lo liquidaron.” Resultó que los hombres de la Gestapo, enfurecidos por el intento de fuga, habían vuelto y, verdaderamente, remataron o mataron a casi todos ellos; sólo sobrevivieron la señora Rózycki con su hijito. Pero de eso recién me enteré mucho más tarde. Después de esa noche, tengo una especie de agujero negro en la memoria. Mi último recuerdo del edificio de departamentos de la calle Mylna es la visión del patio con una silla de ruedas rota. Evidentemente, los cuerpos de las víctimas asesinadas ya habían sido retirados.
Creo, aunque no lo recuerdo, que mamá después me llevó al hospital donde me quedé hasta el final de mi estadía en el ghetto. De todos modos, había unos cuantos chicos, en general menores que yo, “chicos de hospital”. El anciano doctor Mesz (¿Natan? ¿Stanislaw?) nos contaba cuentos y nos enseñaba a hacer juguetes de papel plegado para que nos quedáramos tranquilos porque, por supuesto, estábamos allí de manera totalmente ilegal. Además, en el caso de inspecciones de los alemanes, no estábamos protegidos por ninguna clase de inmunidad hospitalaria porque no existía ninguna más que el amontonamiento, en todos los rincones del edificio, de muchos enfermos de tifus a quienes los alemanes les tenían un miedo mortal.

El libro:

Autor Título Editorial Precio Stock  
SLIWOWSKA, WIKTORIA LOS ULTIMOS TESTIGOS LEVIATAN $ 70,00 Disponible Argentina
 
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