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Editorial leviatán publica Los últimos
testigos , recuerdos de los niños del holocausto en Polonia
Este
libro contiene algunas decenas de biografías de recuerdos de los niños del
holocausto en Polonia. Las historia de vida y los relatos, aunque estén a veces
condensados al máximo, presentan la realidad de la ocupación nazi en toda su
complejidad. A pesar de que los autores fueron víctimas, privados de todos los
derechos humanos, perseguidos como animales de presa, no hay en sus relatos ni
ira implacable ni resentimiento apasionado, ni hay odio profundamente arraigado.
JOANNA KALTMAN (fragmento)
Nacida en 1929
Nací en Varsovia. Mi padre, el
doctor Henryk Kaltman, era médico clínico en un hospital del distrito Solec. Mi
madre, la doctora Ewa Kaltman, trabajaba en el Hospital del Niño Jesús de la
calle Nowogródzka y, durante el año anterior a la guerra, trabajó en el Hospital
Municipal del distrito de Czyste . Yo asistía a la escuela A.Wazówna en
Varsovia. Ya en 1938, mi padre fue movilizado y prestaba servicio en el hospital
del Fuerte Brzesko. Después del 17 de septiembre de 1939 , cruzó con su unidad
hasta Hungría. Murió allí, de tuberculosis, en un campo de internación.
El comienzo de la guerra nos encontró a mi madre y a mí en Varsovia, en una casa
en la calle Nowogrodzka 36. Muy pronto, en el invierno de 1939, nos expulsaron
del departamento porque nuestra casa fue ocupada por alemanes. Nos mudamos a la
calle Mylna, ya ubicada en los terrenos del proyectado barrio judío, al
departamento de un primo de mi padre, Henryk Blaufeld. (Antes de la guerra,
había trabajado durante muchos años como ingeniero en Austria. Después de la
ocupación de Austria por el Tercer Reich, él, su mujer vienesa y sus dos hijos
fueron obligados a dejar el país y enviados a Varsovia.) Después de cerrar el
ghetto, mamá durante un tiempo todavía siguió trabajando en el hospital del
distrito Czyste (en ese momento, ella tenía un salvoconducto) y luego fue
transferida al hospital, en la calle Leszno 3.
Las condiciones de vida en el ghetto de Varsovia son bien conocidas –el
sentimiento siempre creciente de estar en peligro, el hacinamiento, la
progresiva falta de víveres y raciones menguantes que se conseguían con vales,
el tifus que diezmaba, el trabajo forzado en los “talleres”, los puestos de
guardia de pesadilla desde donde disparaban por pura diversión y estaban a la
caza de niños hambrientos que trataban de contrabandear un poco de comida a
través de los muros. En las calles, era cada vez mayor el número de personas
muertas de hambre y de agotamiento o simplemente de enfermedad, cuerpos yaciendo
por todas partes, cubiertos con diarios hasta que los recogían en una carreta
para llevarlos a enterrar en cualquier lugar, como carroña descompuesta. Y junto
con todo esto, la “Gestapo Judía” cuyo centro de operaciones estaba en la calle
Leszno 13, al servicio de los alemanes, con acciones brutales por parte de los
“milicianos” judíos –todo esto ya ha sido descrito con frecuencia.
Pero hay un tema sobre el que quiero escribir con detalle porque fue para mí la
experiencia más dura de toda la guerra (después de todo, no es casual que yo
haya dejado pasar medio siglo para atreverme a contarlo por primera vez). En
este mismo departamento de la calle Mylna (no recuerdo el número, pero era un
edificio de varios pisos, detrás del antiguo hospital evangélico de la calle
Leszno, cuyo patio trasero lindaba –pared por medio– con el terreno del
hospital), en el tercer piso, había un departamento separado del nuestro por la
escalera de la cocina. Allí vivía una familia de maestros, el señor y la señora
Rózycki, con –creo– un niño de siete años, el pequeño Olek, y un padre
paralítico, y también, desalojado de Brwinów, el señor Wilner, su cuñado, con su
esposa y sus dos hijos. (Creo que uno tenía dieciséis o diecisiete años y el
otro era más o menos de mi edad).
Los Rózyckis daban clases privadas y yo estudiaba con ellos, junto con un grupo
de chicos, siguiendo el programa normal de la escuela. Debe haber sido hacia
finales de la primavera de 1942 (desgraciadamente, ya no recuerdo la fecha).
Durante la noche, nos despertó el furioso ladrido de órdenes, vociferadas en
alemán como si se tratara de un entrenamiento militar. El edificio entero,
enorme para este distrito, estaba fantasmalmente callado. Uno podía sentir casi
físicamente que cada uno de los que vivían allí estaba escuchando con horror
pero todo alrededor había un silencio espantado, todas las ventanas apenas
entornadas y a oscuras.
Únicamente había luces en un solo departamento y, allí, detrás de las celosías,
se movían sombras, como si alguien estuviera siendo forzado a sentarse y a
ponerse de pie siguiendo órdenes que se gritaban entre risas. Pero entonces, de
repente, alrededor de una de las ventanas, se inició un movimiento, y escuchamos
el grito terrible de una mujer, el tartamudeo desesperado del padre paralítico
de la señora Rózycka, y el estrépito de los vidrios de la ventana haciéndose
añicos. Habían empujado por la ventana la enorme silla de ruedas junto con el
anciano paralítico sujeto con correas. Un momento después, el espeluznante golpe
de su caída reverberó en el patio. Poco más tarde, hubo ruidos en la caja de la
escalera y disparos, casi junto a nuestra puerta.
Fue entonces cuando mi madre, incapaz de soportar el espantoso horror de la
impotencia, se desprendió violentamente de la casera que le bloqueaba la puerta
y corrió hacia el pozo de la escalera. Allí yacía el señor Rózycki, con un
balazo en el cuello. Los hombres de la Gestapo habían corrido hacia abajo y
estaban disparando en dirección al patio externo de aquella ala de la casa. Era
el señor Wilner que había saltado por la ventana que había en la escalera cuando
se lo estaban llevando del departamento junto con el señor Rózycki. Entonces le
dispararon al señor Rózycki y corrieron detrás de su cuñado. Mi madre trató de
curarle las heridas y después, volvió corriendo, cruzó por nuestro departamento
hasta lo del vecino que vivía frente a la escalera, un cirujano, pidiendo ayuda
y medicamentos. En ese momento, resonó una nueva serie de disparos y, poco
tiempo después, todo quedó en silencio.
Mi madre volvió corriendo con el cirujano (no recuerdo su nombre) al lugar donde
había caído el señor Rózycki. Después de un rato, escuché la voz de nuestro
vecino: “¡Doctora, aquí realmente ya no se puede hacer nada!” Y luego, la voz de
mamá: “Lo liquidaron.” Resultó que los hombres de la Gestapo, enfurecidos por el
intento de fuga, habían vuelto y, verdaderamente, remataron o mataron a casi
todos ellos; sólo sobrevivieron la señora Rózycki con su hijito. Pero de eso
recién me enteré mucho más tarde. Después de esa noche, tengo una especie de
agujero negro en la memoria. Mi último recuerdo del edificio de departamentos de
la calle Mylna es la visión del patio con una silla de ruedas rota.
Evidentemente, los cuerpos de las víctimas asesinadas ya habían sido retirados.
Creo, aunque no lo recuerdo, que mamá después me llevó al hospital donde me
quedé hasta el final de mi estadía en el ghetto. De todos modos, había unos
cuantos chicos, en general menores que yo, “chicos de hospital”. El anciano
doctor Mesz (¿Natan? ¿Stanislaw?) nos contaba cuentos y nos enseñaba a hacer
juguetes de papel plegado para que nos quedáramos tranquilos porque, por
supuesto, estábamos allí de manera totalmente ilegal. Además, en el caso de
inspecciones de los alemanes, no estábamos protegidos por ninguna clase de
inmunidad hospitalaria porque no existía ninguna más que el amontonamiento, en
todos los rincones del edificio, de muchos enfermos de tifus a quienes los
alemanes les tenían un miedo mortal.

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