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Entrevista a
John Banville
Maestro de
la primera persona
Dueño de una voz íntima y
virtuosa, ganador del prestigioso Man Booker en 2005, el irlandés John Banville
comunicó su estilo a géneros muy transitados, como el policial y la novela de
detectives. En Dublín habló en exclusiva con Ñ sobre su obra y sus novelas
negras escritas bajo el nombre de Benjamin Black.
Dublin,
08. A
pesar de la crisis, la gran capital literaria de la lengua aún vibra con la
estetización que traen la prosperidad y el consumo sofisticado. "Pero no
solía ser este milagro que usted contempla; en los 50 era una ciudad de lo más
gris y se vivía entre el miedo a la miseria y la represión de los obispos
–recuerda John Banville. Nadie se sentía libre. Las mujeres desconfiaban en
masa de los varones y se cuidaban muy bien de revelarles los secretos de la
sexualidad".
Si se pudiera medir la potencia de la literatura como una carrera de caballos,
el irlandés John
Banville (Wexford, 1945) sería el nombre mayor de la novela en inglés. En
su considerable obra, traída a Argentina con retraso, ha sido consecuente con
las posibilidades expresivas de la primera persona. Amarró ese yo a una
variedad de géneros aunque siempre con un punto de hilván. Escribió en
primera persona relatos de serie negra ( El libro de las pruebas y los tres
policiales bajo el nombre de Benjamin
Black), una novela de espionaje con un doble agente (quizá su obra más
perfecta y ambiciosa, El intocable , sobre el espía Anthony Blunt, traidor a la
corona y curador de arte de la reina) y una deliciosa novela de suspenso y amor
malogrado, Athena . Hasta reinventó en primera persona la novela gótica en
Ghosts y La carta de Newton . En todos los casos se trata de tramas de pretexto,
fósiles atrofiados que sustentan esa voz mientras busca comprender lo que se ha
perdido. "¿Acaso todo el arte no gira en torno de lo que se ha perdido,
sobre la pérdida de la infancia, por ejemplo? Siempre ha sido así, incluso la
novela negra cuenta la pérdida o los destrozos que conlleva el delito"
–dirá Banville haciéndose cargo de una entusiasta melancolía–. La
infancia, en su caso, es El mar , que le valió el Man Booker en 2005.
"Antes del premio yo fui ignorado –dice–. No, me ocurría algo peor;
era un autor consagrado por la crítica. Me colgaron el peor título nobiliario,
el de 'escritor para escritores'".
La prosa de Banville tiene un efecto de intimidad, aunque a menudo se trate del
alegato de protagonistas cínicos, de farsantes y falsificadores que por esa vez
caen en la trampa. A pesar de sus lujosas microscopías emocionales y el espíritu
satírico, que lo emparentan con Vladimir Nabokov o incluso Philip Roth, sabe
ser feroz aun en condiciones imposibles, como en la escena de El libro de las
pruebas , cuando el protagonista ataca con un martillo a la desconocida en el
asiento trasero del coche mientras conduce ("También había sangre en la
ventanilla, un rocío de gotitas en forma de abanico"). Banville se
especializa en narrar fraudes y simulaciones y de allí la importancia del
montaje y los delineados, de la ambigüedad entre lo verdadero y lo aparente.
Varias de sus novelas se centran en falsificadores de cuadros e historiadores
del arte. Todas ellas indagan en el tema de la identidad y sus máscaras (
Eclipse , El Intocable e Imposturas ( Shroud ) , "inspirada muy libremente
en los casos de los filósofos Louis Althusser y Paul deMan").
Volvamos a Dublín. Hubo en verdad dos encuentros. Uno en un hotel a media
cuadra de Grafton, la calle posh que Banville describió sórdida en los grises
años 50 del detective Quirk. El segundo, en Portobello, el barrio que más le
gusta, la antigua judería dublinesa sobre el gran canal que lleva al rio
Liffey. En la primera cita, un circunspecto señor de traje, un monje
bibliotecario, permaneció en la punta de su asiento listo para huir, con el
sombrero de fieltro atrás y el paraguas sobre las piernas. En la segunda, quiso
cierto vino blanco de nombre femenino, que tomó en "los tres días más
felices" de su vida, en la costa de Nueva Zelanda –y lo ordena con la
malicia de iniciarme en un vicio que, sabe, no podré cultivar y pese a que
deberá beberse bastante más de la mitad: "No problem. Los irlandeses
tuvimos una dispensa papal para el alcohol, somos los únicos católicos con ese
privilegio... Y así estamos".
Vicios... La protagonista de "El otro nombre de
Laura", su segundo policial bajo el heterónimo de Benjamin Black, es
iniciada en ellos por los tres hombres pérfidos de su vida. Es casi un guión.
De hecho, surgió como guión para un teledrama. Pero finalmente decidí
convertirlo en una novela de Benjamin Black. En cuanto al heterónimo, nunca me
propuse ocultarme detrás de un seudónimo. En mis libros anteriores hay un
personaje del que tomé el nombre, Benjamin White, pero quise adecuarlo a la
novela negra... Estos policiales en verdad coinciden con mi devoción por
algunas obras de George Simenon. Y pensar que durante años nunca conseguí
terminar un libro con el inspector Maigret, que me parece de pura fórmula. Pero
La nieve estaba sucia y El efecto de la luna me parecen obras maestras del siglo
XX. ¡Y además las escribió en dos semanas!, como hizo sus más de 400
novelas. En los años 30 Simenon tuvo un romance con Josephine Baker pero fue él
quien rompió porque, según le dijo, ese año con ella sólo consiguió
escribir tres libros y así la cosa no podía continuar...
El último de su saga, "The lemur", apareció
como folletín en The New York Times. Hay un intento de llegar a los lectores
con una trama policial más clásica, al público masivo que esquiva a Banville
por su complejidad. ¿Quiso saciar al mercado o a los editores; cree que Black
puede llevar lectores a Banville?
No, no me hago ilusiones. Para leer a Banville se debe poner muchísima atención.
Durante un tiempo llegué a pensar que crear a Black fue un error, pero ahora
advierto que fue parte de una búsqueda literaria. Yo venía escribiendo en
primera persona desde comienzos de los 80 y necesitaba un cambio de registro.
Black fue una solución pero no lo advertí mientras escribía. Lo que estoy
haciendo ahora es muy distinto de lo que ya he hecho. Mi nueva novela estará
lista en dos años y será una investigación en la tercera persona y hay una
mayor apuesta a la creación de personajes. La invención de Black seguramente
ayudó. Ahora bien, no voy a fingir, Black es comercial, es un trabajo. Con
Black me dije que daría a los lectores una prosa tan clara como fuera posible.
Haría un policial con estilo elegante y estilizado respetando una regla a
rajatabla; no escribiría con clichés.
Confesiones y evocación: ¿su punto cardinal sería el
registro de una voz, una primera persona absoluta? Por esa voz, el ensayista
George Steiner escribió que usted es "el mayor estilista de la lengua
inglesa".
No haga caso, el viejo Steiner se acordó de mí sólo para recordarnos a todos
que él ya había escrito sobre el espía Blunt... Mire, es lo opuesto de lo que
me fascina de esas obras de Simenon: ¡él no necesita de tanta intimidad!
Alcanza una inmensa potencia sin cultivar un tono de voz propio, sin que lo
oigamos a él. Su gran talento, que ni Black ni yo tenemos, le permite precisar
una escena en apenas dos renglones. ¡Es que yo odio vivamente todo lo que
escribo! Mis libros me hacen sentir avergonzado... Son mejores que los del resto
de mis contemporáneos, desde luego, pero eso de ninguna manera me alcanza...
Después de tanta querella entre vanguardia y mercado,
¿qué es una buena novela hoy?
Para mí la novela es una forma capaz de pensar por sí sola, aunque esto no
postula que sea una rama de la filosofía. Pero sí propone sus propias
conclusiones. Es el instrumento que nos permite acercarnos cada vez más a un
objeto, con obsesión. Cuando uno escribe sobre personajes, sus acciones y
odios, termina escribiendo sobre algo que en verdad existe. Yo procuro enfocar
algo no como referencia de lo real sino buscando aislar el hecho; para eso la
primera persona es fundamental. Mi nuevo experimento ahora es enfocar sin
depender del poder encantatorio de una voz singular.
Usted es considerado un conservador, incluso
arcaizante, ¿cuál es este experimento?
Me refiero al desafío, ¡yo detesto las vanguardias! Usted sabe, en las
primeras décadas del siglo XX la novela tomó dos direcciones, la de Henry
James, cuyas últimas novelas llevaron la novela a una perfección antes
inconcebible –me refiero a Los embajadores y La copa dorada – y la de Joyce.
Cuando se publicó el Ulises, claro, todos quedaron hipnotizados, de pronto la
novela podía contenerlo todo. Pero fue James quien llevó la novela al rango de
obra de arte que antes no tenía. Debe recordar que la inmensa cantidad de temas
que provee Irlanda han sido agotados hace rato. Tuvimos numerosos maestros
universales, Jonathan Swift, William Yeats y Bernard Shaw. ¡Nosotros no hemos
tenido casi escritores menores! Hay quienes ven en mi obra la influencia de
Joyce o de Beckett pero, bueno, siendo irlandés difícil escapar a eso...
Beckett llevó la primera persona en prosa a un nuevo rango poético; estoy
dispuesto a integrar su "bando" con más docilidad que el "bando
de Joyce". Pero si quiere saber de quién tomo el ideal, es de James; se
acerca más al tipo de artista que me interesa.
¿Y a qué contemporáneos lee?
Prácticamente a ninguno, no me interesan, ya no leo ficción nueva. Sí leí
Austerlitz , de Sebald. Me pidieron que escribiera una reseña pensando que lo
iba a destripar pero no fue así, me gustó muchísimo. Después procedí con
toda su obra, Los emigrados es su mejor libro. Me pareció un acontecimiento
–y esto, a pesar de los encendidos elogios de Susan Sontag y la troupe
glamorosa neoyorquina. Pero después, alguien, un autor joven, dijo de Sebald
que era "puro kitsch" y me resonó. Podría tener razón a fin de
cuentas, ¿quién sabe? (El novelista inglés Adam Thirlwell demolió el ensayo
Historia natural de la catástrofe en una revista estadounidense).
En todo caso, ¿ese kitsch no será efecto de una
nostalgia abrumadora?
A mí, Sebald no me resulta tan nostálgico. Y sí creo que él estaba haciendo
algo distinto. Yo veo gestarse una novela futura, yo no llegaré a verla en su
culminación pero sí percibo indicios; vendrá por el lado de Sebald, o de El
Danubio de Claudio Magris, o las Bodas de Cadmo y Armonía , de Roberto Calasso,
una forma narrativa que no es ficción, poesía, historia ni filosofía y sin
embargo, tiene ingredientes de todas ellas.
Magris, Sebald, Calasso, todos ellos autores muy
influidos por los ensayos breves de Borges. Sin embargo, a usted Borges no le
gusta.
Bueno, es que le encuentro ciertos límites. Acuerdo con Nabokov; él dijo que
cuando empezó a leer a Borges pensó que había descubierto una catedral y que
después se encontró en un hall... Algunas de sus piezas son perfectas pero las
encuentro carentes de pasión. Y cuando se despacha con los gauchos esos, bueno,
ya no le creo una palabra.
Sin embargo, Nabokov hizo un uso intensivo de Borges. Y
también Joseph Brodsky, ¿no?
No me gusta Brodsky. Hay una diferencia entre la imitación y el fraude. El
imitador no sabe que lo es; en cambio el fraude es intencional, alevoso. Brodsky
fue un autor auténtico mientras escribía en Rusia. Era un bardo ruso con todas
las de la ley, se lo aseguro, yo lo vi recitar. Nunca leía, dejaba que el alma
poética rusa fluyera de él hasta que esa alma lo cubría por entero como un
unto pegajoso ... El peor error que pudo cometer Brodsky fue emigrar a
Occidente. En una instancia semejante, Nabokov llevó la imitación del inglés
a la cumbre. Como verá, mi espectro literario es muy limitado. No soy uno de
esos amantes de la literatura y la humanidad... Pero cuando aprecio a un autor,
lo amo intensamente.
¿Cómo surge cada libro?
Con una figura geométrica, una forma en el espacio y una tensión en mi cabeza.
Y esto debo convertirlo en palabras, bajarlo a una página. Es muy parecido a lo
que siente un compositor. Un músico amigo me dijo una vez, "Oigo un grito
en la cabeza y debo participarlo a una orquesta". Es una compulsión, ¿qué
otra cosa puede ser? Ahí estoy, horas enteras solo en mi escritorio durante más
de cuarenta años contando historias absurdas, tratando con obsesión de que
salga bien y sabiendo que nunca voy a conseguir lo que quiero. Y al mismo
tiempo, no puedo hacer otra cosa. No es una vida digna para ningún ser
humano... Incluso ante los buenos escritores, el lector puede ausentarse un rato
mientras lee, pensar en otra cosa y volver a las dos o tres páginas. Conmigo no
es posible; hay que estar concentrado a cada renglón porque la trama no cuenta,
los personajes son menores y lo único que vale es esa voz obsesiva.
"El Intocable" se basa en el famoso caso de
los dobles agentes de Cambridge; "El Libro de las pruebas", en un
asesinato ocurrido en Irlanda. Por lo general, sus "formas geométricas"
tienen un núcleo delictivo.
¡Oh, sí, a menudo saqueo vidas reales! Pero las vuelvo ficción, ya no son
reales para mí. Se puede inventar cualquier cosa, hacer que cualquier cosa
ocurra si uno se concentra lo suficiente. El intocable es una buena muestra de mímesis
pero fue fácil hacerlo. Lo escribí en poco menos de dos años y vi el
manuscrito hace poco y prácticamente no había ningún paso en falso.
Imposturas , mi novela más oscura y lograda, fue más difícil, una historia de
amor de alguna manera, aunque sea amargo el final. Tomé como base al filósofo
del lenguaje Paul deMan. Yo estaba en Bélgica dando unas clases y un académico
me comentó sobre las piezas escritas por DeMan en su juventud, textos a favor
del nazismo. Y yo pensé que me habría gustado encontrarlas a mí...
Lo que usted dice se identifica con la poesía.
Es que quiero que mi prosa tenga la densidad y exigencia de la poesía. Un amigo
escritor dice que existen el verso y la prosa, y que la poesía puede ocurrir en
cualquiera de esos dos envases.
  
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