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¿No era que no
se leía nada?
De lunes a viernes a las 0.30, Hugo Paredero
comparte por Radio Nacional un texto y el público descubre de
qué libro y autor se trata.
El
programa se llama Párrafos interruptus y es un juego literario
en el que Hugo Paredero lee un cuento, poesía o novela y los
oyentes tienen que descubrir nombre de texto y autor. Quien acierta interrumpe
al periodista en el aire y se gana el libro. Algunos jugadores están muy
entrenados. En algún edificio de Buenos Aires, el encargado de seguridad
Marcelo Perenchio, el hombre que más veces acertó el libro, se apresta para un
desafío. Todas las noches, enfrenta a dos duros rivales, muy bien formados, que
tal vez no tengan un físico fornido ni preparado para la alta competencia pero
sí muchas lecturas. María Suárez es ama de casa y Fernando Terreno ingeniero
y luchan todas las noches por alcanzar a Perenchio en la cima de la virtual
tabla de posiciones.
Crítica de la Argentina pasó una noche en el estudio para ver de
cerca la mecánica del juego más literario de la radio argentina. Lo primero
que dijo Hugo Paredero fue: “No vaya a ser que justo hoy
no
me interrumpa nadie”, casi llamando al fantasma de la desilusión. La jugada
era arriesgada: leyó Todo eso, de Paco Urondo, de 1966, que
no se consigue en las librerías. A las 0 horas y 40 minutos, Paredero repasó
las reglas del juego e inició la lectura. Los primeros minutos fueron lentos,
Rodrigo Lammardo, el productor que atiende el teléfono, podía seguir el relato
con atención
porque
no tenía trabajo. Nadie llamaba. Sin embargo, a las 00. 46 el teléfono empezó
a sonar y ya no pararía. Los que en un primer momento habían decidido no
ocupar los teléfonos para que tuvieran espacio quienes realmente conocieran las
respuestas, se dieron cuenta de que de tan solidarios habían producido el extraño
fenómeno de los teléfonos silenciosos. Así Rodrigo empezó a escuchar los más
diversos nombres. Un hombre, en un ataque de sagacidad, dedujo que como Crítica
de la Argentina estaba presente en el estudio, debían de estar leyendo un
cuento de su director, Lanata. Perenchio llamó dos veces y la cara del
productor se iluminó en forma de ilusión;
pero
parece que el encargado de seguridad, además de ser un gran lector, es un
hombre que también arriesga. Como Paredero nunca repite a los autores, los
oyentes creen a menudo que ya es hora de que lea a su autor favorito. Por eso
cinco personas diferentes contestaron: Saer,
Saer, uno de los pocos grandes nombres no leído todavía. Pero la principal
queja de los oyentes no es la ausencia del escritor santafesino, sino que
Paredero no siga leyendo después de ser interrumpido y los deje con la sensación,
todas las noches, de escuchar un texto de Raymond Carver. En el cuento de Urondo
un personaje preguntó la hora y el interrogante se trasladó a la realidad. Más
precisamente, hacia las agujas del reloj del estudio, que recibía inmutable las
preocupantes miradas de todos los presentes.
Birmajer, Sasturain, Mario Levrero, Fray Mocho, Blastein, arriesgaban los
radioescuchas. Cuatro minutos antes de la una, le llegó el turno a la primera
publicidad del programa y Paredero les rogó a los productores que robasen unos
segundos de tanda, de noticiero o de lo que fuera. Aún no había perdido las
esperanzas, a pesar de que sólo con César Aira, a quien de tan prolífico no
lo podían reconocer, habían demorado tanto tiempo en acertar, a algunos otros
pocos –un 2% - directamente no los adivinó nadie –y la desilusión reinaba
en el estudio. Sólo quedaba un minuto y 30 segundos, así que Paredero continuó
directamente con la lectura. A los 20 segundos, Rodrigo entró sigilosamente al
área de transmisión y demostró que por más que avance la tecnología, la
escritura a mano siempre va a ser necesaria: como no podía hablar, ni Hugo lo
podía escuchar, le arrojó un papelito que decía: “Adivinaron autor, pero no
el libro”. Todo parecía perdido. Pero en el mismo segundo en que debía
empezar el noticiero, una tal Ana Maciel interrumpió el párrafo y contó que
sabía desde el comienzo cuál era el libro pero que no se acordaba del teléfono.
Nos hubiéramos perdido toda la adrenalina. No hubo tiempo para más.
Todos se fueron a dormir con el convencimiento de que todavía hay quien lee a
Paco Urondo.
Teléfono
de Radio Nacional: 43259100
Fuente:
Critica de la Argentina, domingo 15 de junio de
2008, página 30
  
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