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Facebook Twitter martes 18 de febrero del 2020 18-02-2020
Tapa del libro ATLAS HISTORICO DE AMERICA LATINA Y EL CARIBE

ATLAS HISTORICO DE AMERICA LATINA Y EL CARIBE

APORTES PARA LA DESCOLONIZACION PEDAGOGICA Y CULTURAL

Ver Biografía

Disponible Disponible

Autor: JARAMILLO, ESPASANDE, AVILA, CAFIERO,BUSTI, CAPALD

Origen: Argentina

Editorial: UNIVERSIDAD NACIONAL LANUS UNLA EDUNLA

ISBN: 9789871987795

Origen: Argentina

$ 6900.00 Icono bolsa

115.00 U$S 115.00

PRESENTACIÓN

EL CONTINENTE DE LA ESPERANZA O LA UTOPÍA DE AMÉRICA
En el mundo occidental, realizar un atlas se refería usualmente a confeccionar un libro o colección de mapas de la tierra, de cartografías que no nos hablan de su historicidad, de sus pobladores o culturas, de sus cambios a lo largo del tiempo, de las guerras que incluyen o desdibujan fronteras, de anexiones o separaciones, de conquistas y colonizaciones. Dichos atlas tampoco podrían haber dado cuenta de los nuevos relevamientos a través del desarrollo científico y tecnológico que, con precisión cada vez mayor, ubican las diversas geografías físicas, que a su vez, se van modificando a lo largo del tiempo por la acción de la naturaleza o del hombre.

Hace tiempo que comenzaron a realizarse atlas históricos mundiales o particulares, de regiones, de culturas o de diversas actividades del hombre. Sin embargo, pocos han realizado el esfuerzo, también titánico, de hacer un atlas histórico de nuestro continente, que nos muestre, desde acá, el acaecer histórico territorializado de Nuestra América, sus pueblos originarios o su cultura, su economía y su política, la conquista y colonización sufrida, su voluntad de integración y sus luchas de liberación. Además, América Latina aparece en los atlas universales como un remoto y desconocido pequeño espacio del fin del mundo. Mientras la tierra gira, las naciones poderosas pretenden mantener invariable su hegemonía. Sin embargo, consideramos que esa historia es posible de revertir.

Más allá de la historia de Nuestra América, historias particulares de cada uno de los países que la integran, historias culturales o de las ideas, creemos necesario realizar nuestro propio atlas histórico, en ocasión del Bicentenario de la independencia de la mayoría de nuestros países, emprender el conocimiento de nuestro continente, para reconocernos a nosotros mismos, no solo desde la otredad, desde la mirada de los otros, sino con nuestros propios ojos y con la consciencia de nuestra posibilidad y voluntad de transformar nuestra realidad para que sea la «Patria de la Justicia», como soñó Henríquez Ureña.

Si bien desde hace doscientos años la mayoría de los países de nuestro continente comenzaron su proceso independentista, la verdadera Independencia y unificación de Nuestra América queda todavía pendiente del esfuerzo de varias generaciones y para ello deben formarse. Este Atlas debería servir entonces para ayudar a lograr la descolonización cultural y territorial y llegar así a la concreción de la Patria Final.

UN ATLAS HISTÓRICO DE AMÉRICA LATINA PARA LA DESCOLONIZACIÓN CULTURAL Y PEDAGÓGICA. UNA TOMA DE CONCIENCIA
Nuestra América, nos dijo Martí; Patria Grande, nos dijo Ugarte; Indoamérica, nos dijo Haya de la Torre, Iberoamérica o Hispanoamérica, nos dijo Vasconcelos; Eurindia, nos dijo Ricardo Rojas y otros tantos nombres que nos indicaban la necesidad de pensar desde nuestra realidad para reunir en un mismo destino lo que intereses políticos ajenos a la región habían logrado fragmentar.
Para Hernández Arregui, la denominación de América Latina es culturalmente «imprecisa y cercana», fue apoyada por escritores encandilados por Francia como Clemenceau o Poincaré, y en su momento instalada desde los resabios de la inquina hacia España, «no solo de parte de Inglaterra, sino de Francia, interesada por igual en el reparto de los restos del Imperio español en América» (Hernández Arregui, 1963).
En realidad, parece ser que el concepto de América Latina se utilizó fundamentalmente para diferenciarse de la América anglosajona. Ya en 1856, el chileno Francisco Bilbao utilizó el concepto de «latinoamericano» y el colombiano José María Torres Caicedo, ese mismo año, escribió su poema «Las dos Américas». Ambos residían en París. La diferencia con la América anglosajona se patentiza cuando los latinoamericanos hablamos de Nuestra América, la propia, la que sentimos nuestra porque nos hemos identificado con y en ella, por cultura, por lenguaje, por creencias y también precisamente por el sometimiento y despojo que continúa realizando el “otro”.
Torres Caicedo, ya en 1861, presentó en París las Bases para la Unión Latino-Americana. Pensamiento de Bolívar para formar una Liga Latino-Americana; su origen y sus desarrollos, con el fin de promover la integración regional de las Repúblicas Latinoamericanas.
Franz Tamayo en 1910, en su libro Creación de la pedagogía nacional, sostuvo:

que los internacionales europeos se disfrazan de universales: ¡Ideal de la humanidad! Esa es una irrealidad que no ha existido nunca sino como un producto artificial y falso del romanticismo francés (¡oh, ingrato Rousseau!) y que las naciones no han practicado jamás, ni hoy ni antes. Imaginaos un poco al Imperio romano o al Imperio británico teniendo por base y por ideal el altruismo nacional.
Qué comedia! (Tamayo, 1944).

Otro boliviano, Guillermo Francovich en La filosofía en Bolivia, afirmó que el hombre universal no existe:

cada tipo humano es una manera de encarar el mundo. Por consiguiente, a cada hombre le corresponde una filosofía, una gnoseología, una lógica y una ciencia propia (…) surgirá una concepción del mundo indoamericana que será expresión de su propio modo de sentir, ver y pensar (Francovich,1 945).

Es el momento en que los universitarios latinoamericanos debemos aprender y enseñar finalmente desde nuestra historia y también desde la filosofía, los problemas que aquejan a nuestra región así como la vocación y la voluntad de construir un destino común. Para ello, la pedagogía en las escuelas y en las aulas universitarias debe mancomunarse, no solo porque tenemos un mismo idioma, sino porque tenemos una cultura e historia común que surge de la misma problemática, de la colonización económica, territorial, ideológica y pedagógica que nos ha sometido secularmente. Debemos por ello aunar y releer a los pensadores latinoamericanos que buscaron soluciones con nuestros ojos y desde acá.
No aceptamos cambiar de raza por población anglosajona como quería Alberdi. Seguimos siendo el continente de siete colores, esa raza cósmica que decía Vasconcelos y que nos proponía un monroísmo propio, o sea Hispanoamérica para los hispanoamericanos.
Como directora de este proyecto colectivo, he decidido incorporar la mirada de los pensadores e intelectuales de Nuestra América al Atlas Histórico de América Latina, para avanzar en la descolonización cultural. Para construir nuestra Patria Grande, debemos conocerla y pensarla desde aquí, sustituyendo no solo la importación de productos, sino también las ideas importadas, colonizadas e imperialistas, depredadoras directa o implícitamente de nuestra cultura. Planes de desarrollo impostores que solo nos hundieron en una mayor dependencia de los centros hegemónicos, como fue el Consenso de Washington, que tanto sufrimiento y tanta expoliación nos provocó.
Nos debemos hacer cargo de nuestros problemas y reapropiarnos tanto de nuestras riquezas materiales como culturales. Muchos fueron los intelectuales, gobernantes o caudillos culturales que pensaron y lucharon por Nuestra América, no como panamericanismo sino como bolivarismo o como América Latina. Esta contradicción continúa vigente y los Estados Unidos de Norteamérica junto a los países hegemónicos no cejan en su intento de dominación planetaria a través de la dictadura financiera.
Los programas y planes de desarrollo se deben hacer por los propios pueblos según su realidad. Significa descubrir el «logaritmo nacional», conociendo la base y la potencia; debemos investigar el camino para llegar. Para ello, es necesario conocer y comprender las bases, nuestras realidades en su diversidad, en su particularidad y también en su común identidad.
La memoria colectiva tiene una función utópica, creativa, nos incita a transformar la realidad, ya que confirmamos que muchas injusticias de ayer fueron transformadas por los hombres a través de la práctica política. No son designios de la naturaleza, no son destinos inexorables, ni escatológicos ni teleológicos. Los logros de la historia no fueron vanos deseos sino decisiones tomadas a lo largo de la historia; fueron luchas y voluntades en la búsqueda de la libertad de quienes compartían con nosotros que una utopía no es una quimera.
Coincidimos con Paulo Freire cuando nos dijo que el futuro no nos hace, que nos condiciona pero no nos determina, y que somos nosotros quienes nos rehacemos en la lucha por hacer el futuro, ya que no hay cambio sin sueño ni hay sueño sin esperanza. Nos enseñó a enseñar el derecho y el deber de cambiar el mundo. Por eso creemos que historizar la memoria sirve para reconocer un pasado no casuístico sino realizado, para bien o para mal, por los hombres que lo prefiguraron, imaginaron y construyeron. Cada nuevo apremio de la historia nos obliga a pensar y crear futuro, pero también a resignificar la historia. Esa es la razón de construir un Atlas Histórico de América Latina y el Caribe, donde la cartografía cambiante responde también a la historicidad de la geografía que plasma la imagen construida a lo largo del tiempo.
La esperanza deberá tener su lugar en el mundo. No es una quimera ni un sueño fantástico. Se transforma y se realiza en un topos, en un lugar concreto; es anticipación, es lo «no todavía», lo que está por hacerse y no solo soñarse, es lo que está en proceso, es lo que debe hacerse y por lo tanto debe ser realizado, porque es una realidad posible. La utopía concreta transforma el deseo en realidad posible, en voluntad, en acción orientada hacia ella. Como nos enseñó Croce y también Freire la historia es una hazaña de la libertad.
Tal como lo señaló Henríquez Ureña:

si la magna patria ha de unirse, deberá ser para la justicia, para asentar las bases nuevas que alejen del hombre la continua zozobra del hambre a que lo condena su supuesta libertad… El ideal de justicia está antes que el ideal de cultura: es superior el hombre apasionado de justicia al que solo aspira a su propia perfección intelectual (Henríquez Ureña, 1978).

Las nuevas generaciones se harán cargo de realizar lo que todavía hoy es una esperanza. Tenemos pendientes muchas conquistas en nuestro continente, como la erradicación definitiva de la pobreza, del analfabetismo, de la desnutrición, de la injustica, entre tantas necesidades que se deben constituir en derechos. Tenemos derecho a tener derechos.
Por eso, es necesario resolver ese logaritmo nacional conociendo las bases de las que partimos y la potencia hacia dónde vamos. Tenemos que encontrar el camino de su realización. Aquellos que se sumieron en el pesimismo o la desesperación, en el posmodernismo y el pensamiento débil, en realidad sufren la pérdida de la creencia en la inexorabilidad del progreso que prometían los metarrelatos y de las supuestas leyes históricas por las cuales algún día la utopía aparecería sin nuestra intervención, ya sea desde la idea materialista o idealista. Otros, por el contrario, nunca creímos en la naturalización de los hechos históricos ni en leyes inexorables, sino en la necesidad de la intervención humana para la transformación de la realidad. La patria es un dolor que llevamos en el costado, como poetizaba Leopoldo Marechal, por eso debemos seguir luchando y construyendo un mundo mejor, con los miedos y las angustias que significa la incertidumbre del resultado y el desconocimiento del futuro acontecer sin reglas previsibles, como ninguna acción humana.
Lamentamos no poder enseñar certezas o decirles a las nuevas generaciones qué hay que hacer en cada circunstancia. Seguramente sería más tranquilizador que alguien nos dijera con precisión qué hay que hacer, o que hubiera una doctrina que nos cobijara en cada momento para no caer en el error.
La filosofía no es una ciencia suprema ni eterna, es conciencia crítica e histórica, que pone en cuestión los paradigmas surgidos e instituidos con sus valores y sus dudas. Pero quizá, sea precisamente la duda la que nos obligue a pensar por nosotros mismos y a elegir el camino que queremos emprender. Y ese camino lo indica nuestra consciencia, que no es lo mismo que una idea propia o ajena, como tampoco es una verdad incontrastable. Como sostenía Benedetto Croce, la filosofía nace de la pasión de la vida y por eso tampoco hay una sola verdad para todo lugar y para todas las épocas, es historicismo como nos enseñó en el Congreso de Filosofía de Mendoza en 1949. Los grandes filósofos, nos enseñaba también Leopoldo Zea, se han puesto a resolver problemas que su circunstancia y su mundo les reclamaban, ya que aspirar a la eternidad «es y será una pasión inútil».
La historia siempre trae nuevos problemas, que deberemos no solo resolver en la práctica sino también intelectualmente, sabiendo que la hacen los hombres, con distintas ilusiones, ideales, creencias, intereses y pasiones. Lo que pretendemos con estas reflexiones que transmiten nuestras creencias es lograr que los jóvenes pongan en duda las propias, que asuman su propio protagonismo y su propia capacidad de equivocarse y reemprender el camino una y otra vez, de acuerdo con su consciencia, ya que la transformación de la realidad no es un logro inmediato: hay sabores y sinsabores, hay alegrías y dolores, hay triunfos y derrotas, hay abandonos y perseverancias. Lo que sí sabemos es que nadie nos va a regalar nada, que seremos responsables de lo que hagamos y, también, de lo que dejemos de hacer.
Para Castoriadis, la política es la puesta en cuestión de las instituciones establecidas, mientras que la filosofía es la puesta en cuestión de los idola tribus, o sea de las representaciones comúnmente aceptadas. Caracteriza esta época, justamente, como de ruptura con cualquier autoridad que no justifique la validez del derecho de sus enunciados y define la política actual como:

la actividad explícita y lúcida relativa a la instauración de las instituciones deseables, y la democracia como el régimen de autoinstitución explícita y lúcida en la medida que ello sea posible, de las instituciones sociales que dependen de una actividad colectiva y explícita (Castoriadis, 1995).

La ruptura con el sentido aceptado o naturalizado implica que todos tenemos la obligación de dar cuenta de la razón de los propios actos y afirmaciones; de poner en cuestión cualquier jerarquía o poder que se base en un sentido que no surja de la actividad viva y la apertura de la cuestión de las mejores instituciones, que implicaría la apertura de la cuestión de la justicia en tanto cuestión consciente y explícita de la colectividad.
Coincidimos con Castoriadis en que la cuestión de la justicia es la cuestión de la política, desde que la institución social ha dejado de ser sagrada o tradicional, siempre que no entendamos la democracia como procedimental. De esa manera, se ponen en cuestión las reglas jurídicas existentes.
El derecho positivo es una cosificación de los procesos históricos sociales de los cuales surgieron las necesidades de reglamentación de las sociedades, pero su ethos social se modifica a lo largo del tiempo, así como es diverso en las distintas culturas. Pero además, dichas reglamentaciones legislativas surgen de los debates del poder político y económico que limita generalmente los alcances de la norma. El derecho en su positividad, por lo tanto, no es un universal abstracto y eterno. La justicia no responde a la lógica matemática, de la no contradicción, de la identidad y del tercero excluido, aunque Kelsen haya dicho que la justicia es un ideal irracional, ya que hace caso omiso justamente de que se trata de la voluntad axiológica de cada cultura y no de un supuesto racionalismo universal.
Los derechos en su subjetividad también modifican la percepción colectiva a lo largo de la historia y de las diversas culturas, ya que los criterios de justicia son dinámicos, dúctiles o elásticos. Por eso, las reglamentaciones del derecho que buscaban la convivencia social en otros tiempos y que respondían a la moral social general, así como a las disputas políticas y económicas, muchas veces terminan siendo no solo obsoletas sino injustas, sin respuesta para la nueva morfología social, ni a su ethos ni a la conciencia colectiva de las nuevas necesidades y derechos. Así observamos que a pesar de que en las Naciones Unidas, en pleno siglo XXI, 2014, la Argentina ha sido respaldada por la gran mayoría de los países en su compromiso de seguir pagando su deuda externa, un solo juez, del país más poderoso de la tierra, continúa obstaculizando el pago como si su jurisdicción fuera el planeta entero.
La globalización, la universalización y aceleración del desarrollo científico tecnológico, también contribuyen a la necesidad permanente de la regulación del conjunto de las actividades sociales, nacionales e internacionales con el fin de garantizar el bien común y la paz.
El desafío entonces es lograr la armonía entre la consciencia colectiva de los derechos, con la realidad social en su contemporaneidad, dando cuenta de la historicidad de los derechos e intentando atrapar el novum a través de nuevas legislaciones.
El otro desafío es lograr dicha transformación a través del debate público de las modificaciones que resultan necesarias, conscientes de que en sociedades democráticas se corre el riesgo de la apatía social, creyendo que la democracia se educa a sí misma como sostienen Norberto Bobbio y Gustavo Zagrebelsky.
Sostiene Castoriadis que es un espejismo pensar que el derecho positivo se pueda separar de los valores sustantivos. Los individuos democráticos se deben formar en una paideia democrática. La historia es un proceso, un movimiento dialéctico que va modificando valores y procesos. Atenerse al derecho positivo o a la cosificación de reglas jurídicas instituidas como respuesta a otras sociedades, valores y procesos históricos es lo que está en cuestión. La política debe trabajar en la transformación de la justicia y la filosofía, poniendo en cuestión el sentido construido en otro momento histórico social cuyos valores se han modificado.
La morfología social cambia, la moral social general o el ethos social también se modifican a lo largo del tiempo y, por lo tanto, deben cambiarse también las reglas jurídicas, que deben atenerse a los cambios si pretenden normar a la sociedad en permanente modificación y llegar a una sociedad justa.
Bienvenidas, entonces, las nuevas generaciones para seguir construyendo el futuro posible. Nuestros errores de diagnóstico, de alternativas prácticas posibles frente a las posibilidades abiertas, pueden y suelen repetirse. Por todo ello, la construcción histórica no resiste la posibilidad de la inmediatez; es siempre un proceso con idas y vueltas, derrotas y triunfos, corsi e ricorsi al decir de Giambattista Vico, en la búsqueda de ampliar el derecho a la libertad y la creación de un mundo más justo. Porque además, tenemos que saber que siempre existen y actúan otros actores, otros intereses, otros valores que podrán triunfar. Pero lo inmediato en la historia nunca es lo definitivo.
Para el conde de Keyserling, Sudamérica era «el continente de la tristeza». Para Hegel, la filosofía llegaba al anochecer como el búho de Minerva, mientras que en Nuestra América nuestros pensadores y libertadores sabían que debían crear, prefigurar, construir, imaginar y crear otra historia, por eso sigue siendo «el continente de la esperanza».
Ya se asoma lo que muchos filósofos de América Latina buscaron, un camino propio, no copiando modelos de otras latitudes, ni económicos ni sociales. No constituye una tercera vía como buscaron denominar a otro proyecto europeo, sino un camino propio, haciendo camino al andar, como decía el poeta.
La filosofía, según Hegel, surgida al anochecer, reflexionaba e interpretaba lo ya acaecido; era una filosofía de la historia, una reflexión sobre lo pasado, no del porvenir, y tampoco era una guía para la acción de los hombres para transformar la realidad. Marx, por su parte, señalaba en la undécima tesis sobre Feuerbach que: «los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».
Cada vez que un filósofo pensaba en una realidad distinta a la existente, como Platón, Moro, Bacon o Campanella se los denominaba «utopistas». Eran aquellos que pensaban en un lugar que no tenía topos o lugar en el mundo, que no existía ni podría existir en ninguna parte. Sin embargo, como todos sabemos, las utopías no son ucronías, pues están sometidas al devenir histórico, al tiempo y el lugar en el cual transcurren las transformaciones que los hombres producen; son en general eutopías, es decir utopías realizables, alcanzables con el esfuerzo de cada pueblo. Así, cada sociedad o cada pueblo tuvo su historia, sus costumbres, su religión, sus creencias, sus propios modos de vida, de producción, de convivencia o de sistemas políticos.
Las ideas sobre la mejor sociedad en cada lugar y en cada tiempo se contrastaron, se pusieron en duda, se modificaron, se confrontaron y evolucionaron, cambiaron o se dejaron atrás. Sin embargo, al decir de Ortega y Gasset, «ideas tenemos pero en las creencias estamos», por eso, las creencias tienen mucha más firmeza que las ideas y erradicarlas no es tan fácil.
Las ideas desde antes de la independencia política de los países de América Latina eran diferentes de las europeas, como también de las asiáticas, las norteamericanas o las africanas. Fueron y son distintas realidades con distintas ideas y creencias. La dominación europea al principio, a través de la conquista y la colonización después, pretendió uniformar la idiosincrasia nativa que poco a poco y con el mestizaje, se fue transformando hasta llegar a la globalización también impuesta por los poderosos.
Nosotros seguimos en la creencia de que un mundo más justo es posible, que la soberanía política y la independencia económica todavía están en el horizonte y que debemos seguir transformando la realidad para lograr más justicia y más libertad, ya que, repetimos, la historia la hacen los hombres. Y lo debemos hacer sin copiar recetas ajenas, sino a través de un camino propio. Para ello debemos modificar nuestra pedagogía, reconocer la colonialidad del saber, la geopolítica histórica del conocimiento, una nueva epistemología de la periferia o de frontera para lograr que el «continente de la esperanza» se haga realidad. No habrá otro futuro si no partimos de nuestro propio pasado y nuestra realidad con sus problemas. Al decir de Rodolfo Puiggrós, no hay que conceptuar conceptos, sino conceptualizar e interpretar la realidad para transformarla.
Sabemos desde siempre que el que domina, nomina. El sometimiento por las armas, ya sean de fuego, económicas, financieras o políticas, va acompañado de construcciones de sentido, de ideologías que pretenden evangelizar no solo desde creencias religiosas, sino desde creencias en modelos societales, económicos, jurídicos y políticos que pretenden ser universales. La construcción de sentido en el mundo globalizado de la comunicación y la información es un arma poderosa que también muchas veces monopoliza la significatividad de la historia y las políticas de acuerdo con sus intereses. Los poderosos siempre nominan, ponen los nombres. Ellos bautizaron desde el poder a nuestras ciudades, nuestras islas, nuestro territorio, expoliaron nuestros recursos, sometieron a nuestros pueblos y compraron voluntades vernáculas para decidir qué modelo de desarrollo deberíamos tener para su mayor utilidad y servicio. También descalificaron modelos societales que no sirvieran a sus intereses, calificándolos de demagógicos, populistas o fascistas.
Parecería ser que el primer filósofo que deploraba el prejuicio eurocéntrico y mostraba que se toma por sabio, en realidad, al que es más fuerte fue Giordano Bruno en La cena de las cenizas en el siglo XVI. Allí impreca contra las conquistas ultraoceánicas, diciendo que perturban la paz de los otros, el genio ancestral de otras regiones, muestran nuevos estudios de instrumentos y artes para tiranizar y asesinarse los unos a los otros, estigmatizan las iniciativas misioneras y que propagan con violencia nuevas locuras, inauditas locuras donde no existen (Landucci, 2014).
Herder, un europeo que cuestionaba a los filósofos del iluminismo, alertaba también sobre el juicio desde los estándares europeos sobre otras culturas y rechazaba la razón pura, ya que la razón era lingüística e histórica, por eso sostenía:

¿A dónde no se fundan colonias europeas y a dónde llegarán? En todas partes los salvajes, cuanto más se prestan para nuestra conversación. En todas partes se aproximan, sobre todo por el aguardiente y la opulencia, a nuestra civilización, y pronto serán ¡Dios mediante! hombres como nosotros, hombres buenos, fuertes, felices….

[…] Nuestro sistema comercial, ¿es posible imaginar algo superior a la refinada ciencia enciclopédica? ¡Qué miserables eran los espartanos que utilizaban a sus ilotas para la agricultura; qué bárbaros los romanos que encerraban a sus esclavos en prisiones subterráneas! En Europa la esclavitud ha sido abolida porque se calculó que los esclavos costaban más y rendían menos que la gente libre. Nos permitimos una sola cosa: utilizar tres continentes como esclavos, comerciar con ellos, desterrarlos en minas de plata e ingenios de azúcar. Pero total no son europeos ni cristianos y en cambio recibimos plata y piedras preciosas, especias, azúcar y una enfermedad secreta, es decir a causa del comercio y en pro de la mutua fraternidad y la comunidad de las naciones.

Sistema comercial. Lo grande y exclusivo de esa organización es evidente. Tres continentes devastados y organizados por nosotros; nosotros despoblados por ellos, enervados; hundidos en la voluptuosidad, la explotación y la muerte; eso se llama obrar con prodigalidad y felicidad (apudLanducci, 2014).

Latinoamérica ha tomado la palabra, su filosofía aparece nuevamente al amanecer, como gallo que anuncia un nuevo día y no como búho al anochecer que reflexiona sobre lo acaecido. La filosofía nos prepara para lo que nos queda por construir, mirándonos desde acá, con nuestros problemas y sustituyendo la importación de ideas impuestas a lo largo de nuestra historia, generadas en otros cielos y por otros problemas.

Ya en 1954 el presidente Perón les advertía a los jóvenes latinoamericanos:

Yo preguntaría desde el punto de vista político internacional, ¿qué estamos esperando para realizar lo que hace más de cien años ya nos estaban indicando San Martín y Bolívar? […] es evidente que no hay región de la tierra que tenga mayores reservas que Latinoamérica. Es indudable que nosotros poseemos las mayores reservas de materias primas […] pero no debemos olvidar que esto que representa quizás el factor de nuestra futura grandeza, representa también el más grave peligro para nosotros, porque la historia demuestra que cuando se carece de comida o se carece de medio, se la va a buscar donde exista y se la toma por las buenas o por las malas […]. Quien quiera esta unión, cargará siempre con los factores adversos de toda la lucha por la unidad. Quien sostenga y levante esta bandera será tachado de imperialista como nos han calificado a nosotros […] unirnos es una perentoria e indispensable necesidad, la mejor defensa está en nuestra unión, el año 2000 nos encontrará unidos o dominados […] las causas que uno defiende con verdadero amor traen, como todos los amores, un sector de sinsabores que hay que enfrentar con decisión y valentía, porque sin sinsabores no existen amores y estas causas deben ser las causas de la juventud de América (Perón, 1954).

En 1955, las Fuerzas Armadas derrocaron el gobierno constitucional de Perón, bombardearon a la sociedad civil y prohibieron también las palabras «peronismo», «justicialismo», «Perón», «Evita», etc. A su vez, derogaron la Constitución de 1949 que ampliaba y garantizaba los derechos humanos, sociales y económicos. A partir de esta decisión, se retornó a la de un siglo atrás, a la Constitución de 1853.
Con la resistencia y la lucha, Perón volvió a gobernar en 1973 y falleció un año después. Comenzó la represión a poco de andar hasta que, ya desenmascaradas las Fuerzas Armadas, tomaron el poder nuevamente y empezó el genocidio que poco a poco se extendió a toda Nuestra América con el denominado «Plan Cóndor». El año 2000 llegó y seguíamos desunidos y dominados.
A comienzos de este siglo, otra vez tuvimos que recomenzar a bregar por la unidad. Para ello, los Gobiernos comenzaron a rechazar nuevamente los planes de dominación económicos y políticos y a ampliar los derechos económicos, sociales y políticos. Sigue siendo una batalla de largo plazo. Seguimos en peligro de que otras fuerzas quieran volver al pasado, los de afuera y las voluntades vernáculas asociadas a ellas.
Cuando en el 2005, en la ciudad de Mar del Plata, el presidente Kirchner y el presidente Chávez se negaron a aceptar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), otra etapa de integración latinoamericana comenzaba. La batalla cultural para sustituir la importación de ideas en lo pedagógico, en lo cultural, en el poder mediático, en los modelos económicos, jurídicos y políticos que nos quieren imponer, continúa. Por eso, bienvenidas las nuevas generaciones a esta epopeya que comenzó hace más de doscientos años con Bolívar y San Martín.
En esta batalla resuenan para los universitarios las palabras de Joaquín V. González, fundador de la Universidad Nacional de La Plata en su «Lección de optimismo» en 1914:

No es posible abandonar la columna, ni arrojar los estandartes porque caigan en el camino los rendidos o desalentados o los escépticos; no habría conquista en la vida si admitiésemos tal posibilidad, y en los procedimientos de la ciencia se explicarían menos tan perniciosas intermitencias de hastío y cobardía. Los estudiosos, los letrados, los profesionales del saber, tienen la misión de los oficiales en la marcha del ejército simbólico; ellos son estímulo perenne para el soldado de fila, son un ejemplo vivo e infatigable de voluntad y de acción. En nuestra joven y aún informe nacionalidad sería una falta imperdonable la prédica del descreimiento y la vacilación; los que siguen sus estudios en las aulas, tras la enseñanza y conducción de los maestros, y los que van a ocupar su puesto en la labor pública del oficio confiados en su propio esfuerzo, todos son responsables de su parte en la labor de salvar la integridad del patrimonio moral de la nación (González, 1914).

POR ESO AMÉRICA LATINA TOMA LA PALABRA EL ATLAS HISTÓRICO Y LA HISTORICIDAD DE LA GEOGRAFÍA POLÍTICA
Desde el historicismo podríamos invertir, poner en cuestión o negar muchas de las definiciones de la geopolítica, casi todas realizadas para Nuestra América desde el poder político de los conquistadores primero y los colonizadores políticos, económicos y culturales después. Quizá por eso, Vivian Trías la denominó como disciplina maldita en su libro Imperialismo y geopolítica en América Latina (1973).
El Diccionario Latinoamericano de seguridad y geopolítica (Barrios, 2009), sin embargo, sostiene que «no hay pueblo en plenitud sin «autoconciencia política de su tierra». La cultura latinoamericana, el pueblo latinoamericano —compuesto por todas nuestras patrias—, para su autoconciencia requiere gestar también su «conciencia geopolítica» mediante la unión. La unidad como realización práctica comienza en la cabeza, en la inteligencia. Para la segunda independencia hay que conocer América Latina, tener una perspectiva temporoespacial, no abstracta, no declamativa. Solo la perspectiva geopolítica salvará al subcontinente de amorfo:

A pesar de que es escasamente conocida en los ámbitos universitarios o incluso militares, la geopolítica latinoamericana tiene enormes antecedentes, especialmente en lo que atañe a una geopolítica del conjunto, de un más allá de las patrias chicas, hacia el paradigma del Estado continental (Barrios, 2009).

Concluyen los autores que una geopolítica latinoamericana lleva a recuperar a Simón Bolívar y José de San Martín, o sea a la inconclusa primera independencia. Después de ellos «se perdió la visión totalizadora y, con la balcanización, quedaron los fragmentos dispersos» (Barrios, 2009). Debemos poner en cuestión todas las construcciones simbólicas que se han instituido a lo largo del tiempo, y la geopolítica es una de ellas. Desde el origen del concepto de Johan Rudolf Kjellén, la geopolítica se entendió como «la influencia de los factores geográficos en la más amplia acepción de la palabra, sobre el desarrollo político en la vida de los pueblos y los Estados» (Kjellén, 1915). A lo largo del tiempo, la geopolítica se instaló como disciplina y hubo varias modificaciones y nuevas definiciones en distintas partes del mundo. Sin embargo, sabemos que «geografía» deriva del griego, como la grafía de la tierra, o la descripción o dibujo de la tierra.
Es así que quienes dibujaron nuestra tierra, los que la nombraron y describieron nuestra «cartografía», fueron los conquistadores europeos primero y los colonizadores después. No significa por ello que los latinoamericanos estemos abajo y otros arriba ni que seamos el fin del mundo. Todo dependerá de la perspectiva desde donde lo miramos. La rotación física de la tierra puede transformarse en rotación política de los centros hegemónicos. Las luchas intraimperiales, que por las armas se apropiaron de Nuestra América, definieron desde la política expansionista las fronteras de cada uno de sus reinados. Españoles, franceses, ingleses, holandeses o portugueses se apropiaron de territorios y definieron sus fronteras a fin de expoliar los recursos naturales, devastando pueblos enteros. Fue entonces la política imperial la que definió la geografía de los Estados y los pueblos, y no viceversa. En realidad, constituye una relación dialéctica, donde el territorio y sus riquezas definen la política o geopolítica que se implementarán con respecto a los territorios desde los intereses de los países o naciones hegemónicas. Podríamos distinguir entre política territorial y territorio de la política. La geopolítica en su historia sería entonces la «influencia de los factores políticos en la más amplia acepción de la palabra, sobre el desarrollo geográfico en la vida de los pueblos y los Estados». De esa manera, sabemos que fue la política la que determinó la geografía económica, con sus fronteras y acceso a los recursos, o la grafía política económica de la tierra. Es por eso que sostenemos que fueron las riquezas de nuestra tierra las que determinaron la política de los conquistadores, las invasiones permanentes al continente, las expansiones fronterizas y la balcanización para su expoliación. Así vemos cómo las cartografías cambian con los acontecimientos históricos y políticos, aunque los pueblos que habitan la tierra sigan viviendo en el mismo lugar. Así como Petrogrado se llamó Leningrado, los acontecimientos políticos determinaron que se vuelva a llamar San Petersburgo y como sucumbió la Unión Soviética, balcanizándose también. Lo mismo sucedió con nuestras islas Malvinas según quiénes las descubrieron, quienes desalojaron a los primeros habitantes, quienes posteriormente las invadieron y nunca más reconocieron la herencia argentina de lo que fuera el virreinato español, luego de la independencia, ahora reclamada por toda América Latina. Sin embargo, Gran Bretaña no está sola, está defendida por la OTAN, interesada por su bioceanidad así como por los recursos naturales y la proyección antártica. Sabemos que desde el poder político se definieron y siguen pretendiendo definir los límites geográficos o las fronteras políticas entre las naciones de Nuestra América, por las buenas o por las malas. Generalmente por las malas. Así sucedió que la Nación Latinoamericana terminó dividida en veinte naciones y sus recursos naturales apropiados por quienes la graficaron, dibujaron y describieron de acuerdo con el poder político militar.
Las cartografías de Nuestra América fueron definidas a través de los intereses políticos y económicos de los colonizadores, así como definieron los nombres que llevarían en los mapas los distintos Estados nacionales, islas, ciudades, selvas, montañas o puntos geográficos de la naturaleza, como ahora pretenden añadir a las islas Malvinas, a las que denominan Falklands, como parte de la Unión Europea, como dominios o territorios de ultramar como si fuesen «sociedades financieras off shore».
Algunos de sus socios internos sostienen que es irreversible un hecho del pasado, y que no es de mayor importancia. Sin embargo sabemos que ante la bioceanidad de nuestro continente, en un mundo donde la multipolaridad sigue avanzando ni Gran Bretaña ni la OTAN escatiman recursos para defender un punto estratégico para llegar al Asia, como no escatimaron violencia en el pasado para apropiarse del canal de Panamá. Por esa razón es que Malvinas ya es una causa de la Patria Grande.
El capital no tiene patria nos enseñaron, pero los hombres y mujeres al igual que las culturas, sí. Desde la Conquista, los intereses económicos motivaron siempre la invasión de territorios. Así sabemos que el ALCA no comenzó con Bush. Nuestra Nación Latinoamericana fue producto de la insaciable voluntad del «libre cambio» de los colonizadores o del saqueo permanente. Bloqueos portuarios, destitución de Gobiernos patrios o batallas como la de la Vuelta de Obligado pretendieron la libre navegación de los ríos con un solo objetivo: económico. Era la geopolítica del poder político. Ahora debemos pensar desde un proyecto político la nueva integración, o reintegración, aún sin tener el poder político necesario, pero sí la voluntad de unificación.
La tierra sin nombre con sus ríos y montañas, lagos u océanos no definió fronteras comerciales ni nacionales. Fueron los intereses económicos y comerciales los que le pusieron nombre ya que, como siempre reiteramos, el que domina, nomina.
GEOPOLÍTICA PARA LA INTEGRACIÓN O POLÍTICA DE INTEGRACIÓN PARA UNIR LOS PUEBLOS Y TERRITORIOS DE NUESTRA AMÉRICA
Methol Ferré señalaba dos etapas en las luchas por la democratización, la industrialización y la integración en el siglo XX, pero la etapa fundamental para él la encabezan los movimientos «nacional-populistas», cuyos protagonistas fueron Haya de la Torre, Getulio Vargas y Juan Domingo Perón.
Para Methol Ferré, la primera etapa es la de la intelectualidad marcada por Rubén Darío, José Rodó, Manuel Ugarte, Oliveira Lima, Francisco García Calderón y otros que fueron las primeras «antenas de la necesidad de integración y augurio de la crisis de la polis oligárquica», que incluían al Brasil. Sin embargo, en esta primera etapa, eran solo idealidades latinoamericanistas, nostalgias o recuperaciones históricas no políticas. Pero el camino político de la unidad de América Latina solo comenzó con Perón en 1951, no era un intelectual sino un político intelectual, como los políticos de épocas difíciles. Lo compara con Lenin, Napoleón y Haya de la Torre. «Tienen que ser intelectuales y políticos para poder inventar grandes novedades» (Methol Ferré, 2000). Por eso sostiene que Perón fue el refundador de la política latinoamericana en el siglo XX.
La segunda etapa, en cambio, ya deja de ser intelectual y comienza con el protagonismo de la Revolución mexicana y José Vasconcelos, para continuar con Haya de la Torre y el «diseño de una estrategia de unidad», con la creación de un partido político como la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) de escala regional.
El impacto de Perón sobre Methol Ferré se produce al conocer este el discurso del presidente argentino ante las Fuerzas Armadas en 1953, donde plantea la necesidad de un nuevo ABC y la unidad con Brasil como núcleo de aglutinación para lograr el continentalismo. Confidencial en la Argentina fue publicado en el Uruguay con la acusación de imperialismo argentino y fue allí donde Methol Ferré decide fundar la revista Nexo, ya que empieza a cuestionarse la dicotomía histórica entre ser Provincia Cisplatina o Banda Oriental. ¿Qué opciones tenía su Uruguay más que ser nexo? Allí comienza su reflexión sobre el Uruguay como problema. Muchos años después en 1973, Methol sostiene:

Nos enseñaban una historia de puertas cerradas, desgranada en anécdotas y biografías, o de bases filosóficas ingenuas, y nos mostraron la abstracción de un país casi totalmente creado por pura causalidad interna. A esta tesis tan estrecha, se le contrapuso su antítesis, seguramente tan perniciosa. Y esta es la pretensión de subsumir y disolver el Uruguay en pura causalidad externa, en una historia puramente mundial a secas. Una historia tan de puertas abiertas que no deja casa donde entrar […]. Tal fenómeno para el uruguayo generó una escisión entre ‘pueblerinos o ciudadanos del mundo […]. Así, de una historia isla, pasábamos a la evaporación, a las sombras chinescas de una historia océano, donde la historia se juega en cualquier lado menos aquí y aquí lo de cualquier lado. Estos dos tipos de formulaciones son dos formas del escapismo: «Interioridad pura o exterioridad pura, dos falacias que confraternizan […]. Era una manera de renunciar a hacer historia (Methol Ferré, 2000).

En la conferencia que pronuncia Methol en 1996 en el Archivo General de la Nación, reafirma que antes de Perón existía el romanticismo latinoamericano, pero que Perón señaló el camino que haría posible la unidad, comenzando por la alianza argentino-brasileña. Rescata finalmente la llegada del Mercosur como la gran novedad de un puntapié político, una aventura extraordinaria y ya no romántica para llegar a la unidad latinoamericana.
Ya no podrá ser Uruguay si no es en el Mercosur, y tampoco podrán serlo ni Argentina ni Brasil. El Mercosur, concluye: «es la piedra angular de la Confederación Sudamericana como decía Perón» (Methol Ferré, 2000). Estaba a su vez parafraseando a Perón cuando sostenía que ni Argentina, ni Brasil ni Chile aislados podían soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza y concluía: «Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles».

HISTORICISMO PARA EDUCAR EN NUESTRA AMÉRICA
Los modelos de acumulación de capital se han denominado de acuerdo con las políticas estratégicas de acumulación de capital y de desarrollo (objetivos, proyectos y políticas) implementadas en distintas latitudes y en distintas épocas históricas de acuerdo con los grupos de interés que se privilegian o que detentan y hegemonizan el poder político.
Como sostiene Ángel Rama, la fórmula «educación popular + nacionalismo» puede traducirse sin más por «democracia latinoamericana» (Rama, 2004). También nos recuerda Rama que Simón Rodríguez razonó que las repúblicas no se hacen con doctores, con literatos, con escritores, sino con ciudadanos, tarea doblemente urgente en una sociedad que la colonia no había entrenado para esos fines: nada importa tanto como el tener pueblo, formarlo debe ser la única ocupación de los que se apersonan por la causa social (Rama, 2004).
Es necesario desterrar el colonialismo pedagógico y cultural que nos hizo creer que la historia se construye desde la lógica racional y que esta es universal para todos los tiempos y en todo lugar, lo que llamamos panlogismo. Por eso Fermín Chávez propone una epistemología de la periferia, entendiendo que existe la geopolítica del conocimiento o la colonialidad del saber.
Para Walter Mignolo «el giro epistémico descolonial implica entender la modernidad desde la perspectiva de la colonialidad, mientras que la posmodernidad, por ejemplo, supone entender la modernidad desde la modernidad misma» (Mignolo, 2005). Para este autor se debe entender que no existe modernidad sin colonialidad, ya que esta es parte indisoluble de la modernidad y el progreso de la Modernidad va de la mano de la violencia de la colonialidad (Mignolo, 2005).
Según Mignolo:

es necesario narrar la parte de la historia que no se contaba y para ello se requiere una transformación en la geografía de la razón y el conocimiento […]; consiste en develar la lógica encubierta que impone el control, la dominación y la explotación, una lógica oculta tras el discurso de la salvación, el progreso, la modernización y el bien común (Mignolo, 2005).

La geopolítica y la política cultural del conocimiento fueron ocultadas, según él, «mediante la sublimación en un universal abstracto proveniente de Dios o de un yo trascendental». Hay que realizar una epistemología nueva «de frontera» para «analizar los límites de la universalización regional del saber basada en la teología y la egología, es decir de la teopolítica y la egopolítica del conocimiento».
Mignolo también sostiene que la lógica de la colonialidad opera en cuatro dominios de la experiencia humana: «(1) económico: apropiación de la tierra, explotación de la mano de obra y control de las finanzas; (2) político: control de la autoridad; (3) social: control del género y la sexualidad, y (4) epistémico y subjetivo/personal: control del conocimiento y la subjetividad» (Mignolo, 2005).
Este Atlas Histórico de América Latina o de Nuestra América debe servirnos para que nos muestre la historia política conjunta, para reflexionar y reaprendernos como unidad, así como los poderes dominantes nos miran como unidad para repartirse nuestras riquezas. No es casual que flotas conjuntas de ingleses y franceses atacaran juntos para la libre navegación y comercio de nuestros ríos o bloquearan puertos en el sur al mismo tiempo que imponían un emperador en México. Desde la independencia de los países de Nuestra América, el tutor de Simón Bolívar sostenía que «el que copia se equivoca». Sin embargo, desde la formación del Estado nacional, hemos copiado ideas y modelos económicos y políticos tanto de los europeos cuanto de los Estados Unidos. Es lo que Jauretche denominó el colonialismo pedagógico de nuestros intelectuales, que llevó a la dependencia e imitación de las formas de gobierno y de las políticas económicas para solucionar nuestros problemas vernáculos.
El neoliberalismo de los años ochenta y noventa aún sigue vigente como pensamiento y como política en distintas latitudes con la misma lógica encubierta del colonialismo que busca imponer principios de conocimiento y clasificación universal válida tanto para los parámetros educativos, cuanto políticos, jurídicos, artísticos, económicos y sociales.
El teologismo, el egologismo así como la metafísica, fueron suplantados por el iluminismo, el racionalismo y el positivismo en Nuestra América. El triunfo de la lógica abstracta, del principio de identidad, de la no contradicción y del tercero excluido cumplió la misma función que en la matriz colonial tuvieron la teología y la lógica cartesiana. Todavía se sigue hablando de la educación como un gasto, mientras sabemos que es una de las inversiones más estratégicas de nuestro país y de toda América Latina, no solo para crecer sino para ampliar la democracia y los derechos sociales y ciudadanos.
¿Qué ganamos importando en forma permanente «bienes de capital» descubiertos y producidos en otras latitudes, sin preparar a nuestros hombres y mujeres para investigar y capacitarlos para la creación científica y tecnológica adecuada a nuestra realidad y a nuestros problemas, cuando sabemos que esos bienes de capital implican inversión en políticas de investigación y desarrollo? Cuando insistimos en una educación con pertinencia, estamos a su vez calificando a los modelos de educación implementados como impertinentes. Queremos insistir en invertir la versión cartesiana de las certezas que provienen desde el pensamiento y la razón, cuando en realidad es desde nuestra existencia espacio-temporal desde donde debemos pensar y construir nuestras certezas e ideas.
En 1949, en ocasión del Primer Congreso de Filosofía, el filósofo y ministro de Educación mexicano José Vasconcelos, nos decía:

La verdad es armonía de pensamiento y realidad […] afortunadamente, en nuestros pueblos, el filósofo ha sido, por lo menos en la etapa heroica de nuestra formación nacional, un héroe de la idea; un creador de cultura […] cada nueva doctrina filosófica se convertía en el alma de una cruzada de inmediata aplicación social (Vasconcelos, 1950).

El optimismo de Vasconcelos con respecto a la verdad concebida como armonía dejó lugar a la verdad universal abstracta y no como construcción histórica. Uno puede adherir a una idea de la realidad que tomamos como evidente o verdadera, pero existe una distancia entre ellas y la realidad; podemos rebatirlas o dejar de pensarlas, sin embargo la creencia está indisolublemente unida a nosotros. La creencia en la supremacía de «razón humana», a pesar de que las teorías van cambiando, ha «aguantado imperturbable» los cambios profundos, según Ortega.
Para nosotros, la razón y la lógica no son ni una creencia ni inteligencia y tampoco la única o apropiada metodología de interpretación histórica de la cultura de los diversos pueblos. El racionalismo dejará paso a la hermenéutica situada en una determinada época y en un determinado pueblo. Para José Rodó, las revoluciones morales no se realizan solo con revelar y propagar ideas, sino que tienen como condición esencialísima «suscitar un entusiasmo, una fe, que cundiendo en el contagio psíquico de la simpatía y manteniéndose triunfalmente en el tiempo, concluya con fijarse y consolidarse en hábitos y renueve así la fisonomía moral de las generaciones» (Rodó, 1958). La idea, para que se haga carne en la acción, debe trascender al sentimiento que es el resorte de la voluntad. Sin el sentimiento, para Rodó, la idea quedará aislada e inactiva en la mente. Concluye que los grandes reformadores morales «son creadores de sentimientos y no divulgadores de ideas» (Rodó, 1958). Para ello, es necesario que el reformador transforme primero en sí mismo la idea en sentimiento:

que se apasione y exalte por su idea, con la pasión que arrostra las persecuciones y el martirio; y además que demuestre la constancia de ese amor por medio de sus actos, haciendo de su vida la imagen animada, el arquetipo viviente de su palabra y su doctrina […]. El verdadero inventor de una idea con relación al mundo moral, es el que la transforma en sentimiento, la realiza en conducta y la propaga en ejemplo (Rodó, 1958).

Ahora bien, se han realizado muchas más «historias de las ideas», o «historias de los intelectuales» de cada país, latinoamericanas o universales, que historias de las creencias, que podrían derivar en pasiones, al decir de Bourricaud en referencia a las pasiones generales y dominantes en cada época y lugar. Para quienes «creen en la razón humana», dichas historias parecerían irracionales o vinculadas al irracionalismo, aunque pensemos que nuestros comportamientos y la historia se producen más por las creencias y pasiones de cada cultura que por las ideas.
Debemos pasar de la trascendentalidad, la teología y la teleología, al inmanentismo. El historicismo rechaza la concepción de que la Idea, o la astucia de la razón hegeliana, o el desarrollo de las fuerzas productivas sean el motor externo prometeico responsable de la creación; sino que son los hombres los que hacen la historia sin un fin último o destino prefigurado por algún dios. Se vuelve a plantear la relación entre lo particular y lo universal.
Coincidimos entonces nuevamente con Croce, para encarar la descolonización pedagógica, que no es solo una idea sino una creencia, que a su vez es el prolegómeno de la acción cuando se pregunta: «¿qué es un pensamiento sin la pasión, sin la voluntad, sin la fantasía? ¿Qué es una fantasía que no haya sido nutrida de pasión moral, de trabajo del pensamiento?» (Croce, 1959). La historiografía viviente, como la define el filósofo es un «acto de pensamiento (filosófico) correlativo a un estímulo práctico moral y es preparación para una acción».
Allí es donde se hace necesario el revisionismo que se aúna al historicismo para modificar la educación. Cuando las reformas sociales erradican las supuestas certezas que planteaba la primacía del racionalismo universal, comienza el desafío al pensamiento y a la filosofía que busca la salida al caos, un nuevo intento de comprender el novum, de volver a armonizar el pensamiento con la realidad. Por ello no es casual que los universitarios estemos emprendiendo la tarea de realizar el Atlas Histórico de América Latina y el Caribe.
Muchos Gobiernos en la actualidad están decididos a construir la Patria Grande, a integrarnos como región, no solo en lo económico y financiero sino en lo cultural, lo educativo, lo social o lo político.
Cuando Néstor Kirchner le propuso a la juventud que fuera transgresora, les estaba diciendo a los jóvenes que no acepten el «no se puede» como regla inamovible, como destino ineluctable de injusticia y sometimiento. Sabemos que nuestros países no son pobres, son fundamentalmente injustos, ya que son ricos en recursos naturales y humanos.
Coincidimos con Ortega y Gasset cuando sostiene en La misión de la universidad, que las posibilidades no se realizan por sí mismas en forma automática. Es preciso que «alguien con sus manos y su mente, con su esfuerzo y con su angustia, les fabrique su realidad» (Ortega y Gasset, 2002). Por eso, sabemos que la integración de Nuestra América implica que queramos hacer todo aquello que sea necesario para lograrla, incluyendo «dotarnos nosotros mismos de las cualidades imprescindibles para la empresa» (Ortega y Gasset, 2002). Cualquier otra cosa no significa querer.

RACIONALISMO Y CULTURA
La pretensión de aprehender racionalmente tanto la naturaleza y sus leyes cuanto el devenir de la historia y las transformaciones sociales es una tarea que comenzó desde la antigüedad misma, desde la aparición de los primeros signos lingüísticos que intentaban traducir y comunicar el pensamiento humano.
También aparecen los pensadores que pretenden encontrar o descubrir leyes o modelos de regularidad que expliquen el accionar humano en todas las épocas y en todas las culturas, sin comprender que las leyes de la naturaleza no son asimilables a la infinitud manifiesta y dialéctica de la acción y la condición humana en su devenir histórico, en el que se modifican no solo las herramientas del pensamiento y su instrumental para conocer, sino las concepciones mismas de las teorías del conocimiento.
ErnestGellner en su libro Razón y Cultura (2002) explora fundamentalmente la relación del conocimiento con las transformaciones sociales y plantea justamente que el pensamiento surge ante el sentimiento de incomprensión o desconcierto frente al caos, buscando su sentido y pretendiendo restablecer un orden. Su planteo de la historicidad de la racionalidad lo hace concluir que la historia es episódica, ya por irrepetible en el tiempo, ya por su diversidad en las distintas culturas.
Desde la modernidad, la racionalidad abstracta impuso su supremacía frente a otras formas de aprehender la realidad, de concebirla e interpretarla, como si ella no tuviera historicidad. Al mismo tiempo, construía la certeza de la identidad del hombre sobre el solipsismo intelectual cartesiano, priorizando el pensar sobre la existencia, mientras que la existencia se nos hace consciencia cierta en cada angustia, en cada sufrimiento y en cada placer o pasión. La existencia, entonces, precede al pensamiento y a cualquier construcción esencialista. No solo se secularizó la verdad, descartando la verdad teológica del cristianismo y su fe en ella; también descarta, con la teoría del tercero excluido, la intuición, la experiencia, los valores, las creencias, los mitos, las pasiones, los afectos, el arte y la identidad cultural de cada pueblo con su particularidad existencial en su devenir histórico.
La verdad de la modernidad y el racionalismo universal surgen de la creencia en la supremacía cognitiva de la razón abstracta, no solo para entender el sentido de la realidad sino también la propia existencia e identidad. Frente a dicha creencia, el historicismo dio lugar a la hermenéutica social para comprender y entender no solo la propia identidad, sino la construcción histórica de la verdad en distintas épocas y culturas o, al decir de Vasconcelos, como armonía entre el pensamiento y la realidad.
Las verdades no caen del cielo sino que se construyen con todo lo que el hombre es, con sus necesidades, su experiencia, sus deseos, sus apetencias, sus valores y pasiones, creencias, intereses, intuiciones, experiencias, en fin, lo que lo hace existir en un momento histórico y en una cultura particular.
La verdad binaria del tercero excluido en que en el fondo se basa el panlogismo y el racionalismo universal no puede conocer la historia de los pueblos ni sus sentimientos, como tampoco su fe. Por eso les advertía Croce a los jóvenes en su artículo «La aristocracia y los jóvenes»:

Sufran ustedes también, como aquellos que fueron jóvenes antes que ustedes, y gánense su verdad. Nosotros se la quisiéramos dar, pero no podemos: la verdad en el pasaje de nuestras manos a las suyas, se vuelven ramas secas, y está solo en ustedes el poder hacerlas reverdecer […]. Pesimismo, escepticismo, misticismo, esteticismo, individualismo son negaciones de la vida intelectual y práctica, y por lo tanto llevan en sí mismas el signo de la falsedad; porque una teoría no puede negar el hecho del cual es teoría, y una teoría de la vida no puede negar la vida (Croce, 1959).

Podríamos reiterarles este mensaje a los jóvenes latinoamericanos que emprenden nuevamente el camino para recomenzar desde el «continente de la esperanza» hacia la Patria Única, Justa y Final que soñaron nuestros libertadores, a la Patria de la Justicia como sostenía Henríquez Ureña.

Dra. Ana Jaramillo

Rectora de la Universidad Nacional de Lanús

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